6 de enero 2010 - 00:00

Sobre giras, disfraces y tertulias

 
  • «Yo ya lo sé. Vos te querés ir de gira y no llevarnos». Eso fue lo último que llegó a decirle su esposa, Olga Garaventa, a Sandro. Él, que acababa de salir de la quinta y última de sus operaciones, ya no podía hablar. Sólo le hizo un gesto. Un gesto consciente de despedida.

  • Quizá no pocos ciudadanos hayan viajado con Sandro sin saberlo. Una de las privaciones que el creador de «Rosa Rosa» más lamentaba era no poder transitar a cara limpia por la calle. El precio de la fama. A Sandro nunca le gustaron las aglomeraciones ni los tumultos, y su vida privada, como era bien sabido, siempre fue muy recoleta y hasta misteriosa. Leyenda urbana o no, hay quienes sostienen (inclusive algunos de sus allegados) que para aliviar esa privacidad forzosa, el «Gitano» solía camuflarse con lentes y sombreros para poder salir sin que lo reconocieran. Tanto, que para divertirse secretamente manejaba algunas veces un taxi de su propiedad para llevar pasajeros y conversar con ellos de manera anónima. Una forma, como tantas otras, de no perder el contacto con el pueblo. 

  • Donde sí solía vérselo, durante los años 80, era en la selecta librería-café Clásica y Moderna. Desde ya, nunca llegaba allí antes de la medianoche, y cuando aparecía se sentaba a la mesa de uno de los fundadores del local, Paco Poblet, también fallecido, con quien cultivó una relación de muchos años. Era improbable que sus admiradoras frecuentaran esa librería, y mucho menos a esa hora. Rodeado de intelectuales, poetas y músicos (aunque músicos cultores de otros géneros), Sandro no se sentía distanciado de ellos, y podía llegar a quedarse conversando hasta más allá del cierre de la librería. Por el contrario, su interés en las novedades literarias o en los movimientos jazzeros (raíz que, además, era la suya) lo convirtieron en uno de los parroquianos pioneros de aquella librería de culto.
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