«Yo ya lo sé. Vos te querés ir de gira y no llevarnos». Eso fue lo último que llegó a decirle su esposa, Olga Garaventa, a Sandro. Él, que acababa de salir de la quinta y última de sus operaciones, ya no podía hablar. Sólo le hizo un gesto. Un gesto consciente de despedida.
Quizá no pocos ciudadanos hayan viajado con Sandro sin saberlo. Una de las privaciones que el creador de «Rosa Rosa» más lamentaba era no poder transitar a cara limpia por la calle. El precio de la fama. A Sandro nunca le gustaron las aglomeraciones ni los tumultos, y su vida privada, como era bien sabido, siempre fue muy recoleta y hasta misteriosa. Leyenda urbana o no, hay quienes sostienen (inclusive algunos de sus allegados) que para aliviar esa privacidad forzosa, el «Gitano» solía camuflarse con lentes y sombreros para poder salir sin que lo reconocieran. Tanto, que para divertirse secretamente manejaba algunas veces un taxi de su propiedad para llevar pasajeros y conversar con ellos de manera anónima. Una forma, como tantas otras, de no perder el contacto con el pueblo.
Donde sí solía vérselo, durante los años 80, era en la selecta librería-café Clásica y Moderna. Desde ya, nunca llegaba allí antes de la medianoche, y cuando aparecía se sentaba a la mesa de uno de los fundadores del local, Paco Poblet, también fallecido, con quien cultivó una relación de muchos años. Era improbable que sus admiradoras frecuentaran esa librería, y mucho menos a esa hora. Rodeado de intelectuales, poetas y músicos (aunque músicos cultores de otros géneros), Sandro no se sentía distanciado de ellos, y podía llegar a quedarse conversando hasta más allá del cierre de la librería. Por el contrario, su interés en las novedades literarias o en los movimientos jazzeros (raíz que, además, era la suya) lo convirtieron en uno de los parroquianos pioneros de aquella librería de culto.
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