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Sobre la memoria del horror disneylizada
Alexander Fehling es el joven alemán destinado a cuidar a un sobreviviente de Auschwitz (Ryszard
Ronczewski) en el mismo campo hoy convertido en museo en «Llegaron los turistas».
Sven es un joven alemán que, entre el servicio militar y el social, eligió este último, y terminó en Auschwitz porque donde él quería ir -un sitio más luminoso-, ya no quedaban vacantes. Ahora, además de sus dificultades con el polaco y el desprecio de los nativos, se encuentra con que tiene que cuidar al señor Krzeminski, un viejo sobreviviente del exterminio hitleriano que sigue viviendo en lo que fue el campo porque cree que ahí lo necesitan. De hecho es el encargado de reparar las valijas de las víctimas que se exhiben en una de las salas del museo, aunque su oficio autodidacta choca con el concepto moderno de restauración («restaurar no es reparar» se quejan los restauradores diplomados).
Pero la verdad es que para lo que se lo necesita es para que hable de lo que vio y padeció allí cuando los nazis, generalmente ante audiencias juveniles -estudiantes o turistas-que lógicamente no saben qué decirle o preguntarle, hasta que uno quiere ver el número tatuado en su brazo, por ejemplo, y se queja de no poder leerlo bien. «No lo he renovado» responde el anciano con la misma mordacidad iracunda con la que dice «Los que quieran impacto que vayan a ver la lista de Schindler», después de que su conferencia ante otro tipo de público (los directivos de la empresa alemana que subvenciona el museo y comienza a mostrar signos de sentirse cumplida) es interrumpida apenas empezar porque, según dice alguien por ahí, «estaba perdiendo impacto». La escena en la que esto sucede es una de las más conmovedoras de la película del director y guionista Robert Talhein, que lo último que busca es «impactar», justamente.
La relación entre ambos es difícil desde la primera vez que se ven («¿eres un sirviente?» es prácticamente el saludo de presentación de Krzeminski a Sven), y todo el tiempo está a punto de parecerse a las de esas típicas parejas desparejas de Hollywood que empiezan a los golpes y terminan en profunda amistad. Pero hay diferencias. En primer lugar, que Krzeminski no es chocante y atrabiliario sólo con Sven porque es alemán, sino que simplemente es así, por las atrocidades que sufrió y presenció sin duda, porque está viejo probablemente, y porque como dice su hermana en un momento de exasperación «siempre fue terco». Las otras diferencias se descubren viendo la película.
Además de la delicada lucidez de Talhein, que expone sin solemnidad y hasta con humor la dificultosa preservación de la memoria en un mundo disneylizado por la industria del turismo y el marketing a cualquier precio, «Llegaron los turistas» tiene muy buenos actores, que muestran cómo cada quien termina tramitando la realidad de un modo estrictamente personal. Los principales son Ryszard Ronczewski (el odioso y a la vez tierno Krzeminski), y los debutantes Alexander Fehling (Sven) y Barbara Wysocka, como la dulce guía polaca que le hace la vida algo más fácil al chico alemán.


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