¿Cómo hacen los que menos tienen para comer, vestirse, tener un lugar donde vivir? La pregunta llevó a Javier Auyero y Sofía Servián a la notable investigación “Cómo hacen los pobres para sobrevivir” (Siglo XXI”). Auyero, sociólogo argentino (UBA), es profesor en la Universidad de Texas en Austin, EE.UU. Publicó, entre otras obras, “La violencia en los márgenes”, “Narcos y policías”, “La política de los pobres”. Dialogamos con él.
Periodista: ¿Qué hacen los pobres para sobrevivir?
Javier Auyero: Para contestar esa pregunta, una pregunta clásica de las ciencias sociales, realizamos una investigación durante más de 3 años en el conurbano, con decenas de entrevistas, una encuesta de 100 casos, y 6 meses de observación en un comedor popular. Gran parte de la investigación la hizo Sofía Servián, mi coautora, que nació, se crió y vive en el barrio aledaño que también es un asentamiento, pero de más larga data. Respuesta: los más pobres para sobrevivir combinan estrategias: unen la colaboración mutua, la ayuda estatal, el trabajo informal, las redes políticas y de solidaridad, la acción colectiva para resolver el tema de la vivienda, en casos con emprendimientos ilícitos.
P.: La investigación desmiente el epíteto de “planeros” que “les gusta vivir así”.
J.A.: En 3 años de trabajo de campo no encontramos a nadie que viva de un plan estatal. En el mejor de los casos apenas cubren el 30 por ciento del presupuesto de una familia, para el resto deben obtener los recursos de otra manera. Usan bricoladores, como decía Lévi-Strauss, combinan cosas, hace esfuerzos sumando cosas porque la vida en los márgenes es muy dura. Es absurdo sostener que no quieren trabajar cuando se pasan todo el día trabajando, porque si no lo hacen se mueren de hambre. Trabajan más que vos, que yo, que quien lee esto, porque la vida que se les impone es muy difícil. Pero sobre ellos pesa el estigma del no trabajo. No es una particularidad argentina que se termine culpando a la víctima. Está el “welfare queen” en Estados Unidos. En todos los países aparece alguna forma de discriminación. En realidad, lo que aspiran para su vida no es muy diferente de lo que quieren los sectores medios: una vida mejor, que los hijos no tengan las necesidades de ellos. No hay diferencia de valores sino de condiciones de existencia.
P.: La precariedad de las casas de cartones, la fragilidad de las viviendas, se pueden ver como una señal de esperanza, de “esto es sólo por ahora”.
J.A.: Absolutamente. Tenemos fotos de las casas hace 20 años en el asentamiento La Matera, donde hicimos la investigación: eran de cartón y en ellas se bancaron de las inundaciones a la destrucción; hoy no se las reconoce, son de material; hoy es un barrio con escuela y centro de salud. Eso se hizo con esfuerzo, con iniciativas estatales y de la gente. Gente que cuando tiene un peso de más lo pone en ladrillos porque quiere mejorar. Quien no tiene esperanzas no hace su casa.
P.: Se les critica que no quieren estudiar, y su coautora demuestra lo contrario.
J.A.: Sofía es hija de una empleada doméstica, vive en el barrio La Paz, a dos cuadras del asentamiento, y está escribiendo su tesis en antropología, en la UBA. Ella hizo el trabajo de investigación durante 6 meses en el comedor comunitario. Las mujeres ahí trabajan de las 7 de la mañana a las 6 de la tarde, y después se van a hacer educación de adultos. Después del trabajo ir a la escuela es admirable. Durante la pandemia era notorio el esfuerzo de las madres para que los chicos hagan las tareas, no pierdan la escolaridad, en un lugar donde la conectividad es paupérrima. Cuando se dice que el sistema educativo perdió la esperanza en ellos, ellos tienen su esperanza en el sistema educativo.
P.: Investigó sobre la política y los pobres en su obra “Patients of the State: The Politics of Waiting in Argentina”, cómo ve ese tema hoy tras trabajar en un campo concreto.
J.A.: Hace muchos años empecé a ver que lo que se llamaban redes clientelares eran redes de resolución de problemas acuciantes, y escribí “La política y los pobres”. En “Cómo hacen los pobres para sobrevivir” se vuelve a mirar ese argumento con el beneficio de que pasaron 25 años. Ahora veo que la política en los sectores más bajos de la escala social sirve para resolver problemas pero que hay mucho de extorsión, de predatorio. Hay extracción de dinero, parte del plan que no va al bolsillo del puntero sino a financiar la actividad política, que es una actividad cara en la Argentina y en el mundo. Los vecinos nos decían: se sufre eso, pero cuando se corta la luz o se inunda vamos a ver a los punteros. El hecho de que lo digan muestra que no está naturalizado, se crítica esa manera de hacer.
P.: ¿Qué lo sorprendió al concluir la investigación?
J.A.: Empezamos buscando ver cómo sobreviven, y a lo largo del tiempo apareció la idea de persistencia. Lo que hacen en el comedor, las redes de solidaridad, etcétera, muestra que a la vez que buscan sobrevivir tratan de recrear cierta idea de lazo social, de comunidad, de ser respetados, reconocidos. Nos acercamos al comedor con la idea de acá se da de comer, y de pronto vimos cómo las mujeres están atentas a que los chicos terminen las tareas, que estén prolijos, en la comida a cierta hora, en las rutinas. Todas esas cosas no hablan sólo de sobrevivencia material sino de un intento de recrear cierta idea de comunidad. Puede sonar romántico, pero no estaba en mí radar y me sorprendió.
P.: ¿En qué está trabajando ahora?
J.A.: En un libro que recoge historias de la política en la Argentina, de piqueteros y ocupas de hoteles, campesinos en Colombia, migrantes en Estados Unidos, refugiados en Brasil, sobre cómo la gente persiste en contextos de mucha adversidad.
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