La presencia de la propaganda política en las cercanías de las escuelas donde se votaba fue evidente. Uno de los candidatos, el polémico cineasta Fernando Solanas, denunció este hecho por televisión como parte de una supuesta campaña del kirchnerismo para desprestigiarlo.
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También había apelado a la teoría conspirativa el viernes, cuando en una entrevista a la radio judía FM Jai acusó «a un grupo mediático y a la Embajada de Israel de hacerme una campaña de roña, porque después de todo un judío vale tanto como un argentino», tras lo cual cortó la comunicación.
El argumento de la conspiración lo repitió ayer frente al lugar de votación, pero seguramente el voto judío ya estaba perdido: el viernes, en más de una sinagoga porteña, los rabinos (sobre todo, los más progresistas) se encargaron de recordarles a los feligreses los términos de sus dichos de horas antes.
Al final del día, todos estos hechos que pueden parecer anecdóticos podrían conservar una trascendencia mayor que la que parecen tener a simple vista. Por caso: a partir de hoy seguramente las restricciones y medidas higiénicas en relación con el virus de la gripe porcina se harán más estrictas, pasada la necesidad política de no alarmar al electorado.
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