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Sólido drama que va más allá de una simple duda
Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman en «La duda», versión cinematográfica de la conocida obra teatral sobre un presunto sacerdote abusador
Si bien ése es el disparador de la intriga, el argumento no deja certeza en pie, empezando por si el cura es culpable o no de ese delito, o como dice él, ese pecado capital. Es evidente que la pedofilia no es el tema que quiso profundizar, ni mucho menos «denunciar», John Patrick Shanley, guionista y director del film sobre su propia obra de teatro (vista en Buenos Aires con Susú Pecoraro y luego Gabriela Toscano en el papel de la madre Aloysius, que acá interpreta Meryl Streep, y Fabián Vena como el cura Brendan Flynn, ahora un exacto Philip Seymour Hoffman).
Más que la culpabilidad del sacerdote -cosa perfectamente posible, según se sabe de sobra, e incluso se ejemplifica en la película-, a Shanley le interesó más inducir al espectador a conjeturar sobre las motivaciones de los personajes para probar, una vez más, que toda verdad es relativa. Lo consigue.
Vistos como estereotipos, la hermana Aloysius representa el costado más ciegamente reaccionario de la Iglesia Católica, y el padre Brendan, al progresista. Nótese al respecto que la historia está ambientada en la época en que se realizaba el intento renovador del Concilio Vaticano II, aunque los conflictos que se ventilan son extensibles a cualquier institución, por no decir a cualquier vínculo desparejo.
A medida que avanza la trama -y Meryl Streep se permite pequeños quiebres en la gélida máscara de su personaje- empieza a comprenderse que a ella no la mueve únicamente la búsqueda de justicia con base en su experiencia («en mi trabajo tengo que ser más astuta que un zorro»), ni sus creencias («en la persecución del mal hay que alejarse un poco de Dios»), sino probablemente algún recuerdo traumático, su formación no sólo como religiosa, y también, por qué no, un resentimiento de género, dada la jerarquía menor que ocupan las monjas respecto de los sacerdotes (lo cual se grafica con la contundente escena en que Flynn se sienta con toda naturalidad en el sillón de la directora cuando ella lo convoca a su despacho prácticamente a declarar contra sí mismo).
Entre medio, está la joven y pura hermana James (convincente Amy Adams), que cae fácil en la sospecha sobre Flynn, más por sus propias inseguridades que por la hábil manipulación de la hermana Aloysius. Con la misma facilidad se la verá arrepentirse después. Y, por último, un personaje «chico» , que perturba fuertemente con su lógica inesperada: la madre del niño presuntamente abusado (Viola Davis).
Aparte de una buena dirección de actores, la puesta de Shanley es correcta, sin alardes de estilo ni subrayados, a veces con cortes bruscos entre escena y escena, casi a modo de apagones teatrales, y pocos intentos de «airear» la trama, entre los cuales la ilustración de una parábola sobre la nocividad del chisme no es lo que se dice un recurso inspirado.


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