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Solistas napolitanos: el Verdi que no escuchamos
El repertorio no podría haber sido más adecuado. Y no sólo porque se trata de tres obras de enorme belleza, de esa que llega sin esfuerzos a todos los públicos, sino por su vinculación con los intérpretes que las ofrecieron: el cuarteto de solistas del Teatro San Carlo de Nápoles, ensamble creado hace 25 años en el seno de esa casa de ópera, una de las más antiguas entre las que hoy están en actividad. la formación, integrada por Mariana Muresanu, Giuseppe Navelli, Filippo dellArciprete e Ilie Ionescu, se presentó ante un público numeroso en el marco del Ciclo de Conciertos de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, dirigido por el pianista José Luis Juri.
La primera parte mostró el aspecto más íntimo de los dos mayores operistas italianos. Los «Crisantemi» de Puccini (1890), obra de atmósfera elegíaca, contemporánea de su «Manon Lescaut», encontraron en las cuerdas del San Carlo el tono exacto. Mucho menos transitado, lamentablemente, el «Cuarteto en mi menor» de Giuseppe Verdi fue compuesto durante su estada de 9 meses en Nápoles para la presentación en el Teatro local de sus óperas «Aida» y «Don Carlo», entre 1872 y 1873.
Aunque el compositor mismo no lo consideraba una obra trascendente ni dentro de su producción ni dentro de la historia del género, muchas son las virtudes de esta partitura breve. Una de ellas está intrínsecamente relacionada con la escritura vocal de Verdi: así como en las escenas de conjunto de sus óperas cada voz conserva su individualidad y su propio discurso al tiempo que construyen un resultado perfecto (como bien lo observó Victor Hugo escuchando «Rigoletto», basada en un drama suyo), en este cuarteto el maestro conduce las líneas instrumentales con similares premisas; esto es particularmente notable en el primer movimiento, indicado «Allegro».
Otro aspecto interesante lo muestra la fuga final, con una «stretta» cuyos giros armónicos recuerdan los de sus grandes coros. La interpretación del ensamble del San Carlo tuvo la carga necesaria de lirismo melódico y energía rítmica, con buen empaste entre el sonido de los cuatro integrantes. La ejecución del «Quinteto» opus 45 de Giuseppe Martucci (1856-1909), gran compositor formado en Nápoles, contó con la participación de Juri; intérprete especialmente reconocido en la música de cámara, el pianista aportó su refinamiento interpretativo, y su experiencia contribuyó a un excelente resultado.
Como bis, los cinco rindieron un homenaje a la tradición lírica con un arreglo del aria «Sempre libera» («La traviata»), simpático cierre de este concierto que trajo al otoño porteño las luces y las sombras de Italia.
M.P.


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