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“Soy un revisionista de los nuevos tiempos”
O’Donnell: «Yo no soy rosista, trato de ser ecuánime, y creo que después de la primera edición de mi libro fue muy difícil decir que fue un tirano sangriento; hay que ser un poco más serio».
Periodista: ¿Qué lo llevó a reeditar su libro sobre Rosas que fue best seller?
Pacho ODonnell: Salió por primera vez en el 2001, en Planeta, y tuvo 13 ediciones, con una primera muy grande. Creo que tuvo su importancia porque fue una obra que reposicionó vigorosamente el revisionismo a los tiempos actuales, y cambió bastante la visión de Rosas. Yo no soy rosista, trato de ser ecuánime, y creo que luego de ese libro fue muy difícil decir que fue un tirano sangriento, hay que ser un poco más serio. Por suparte, como a la editorial Norma le había ido muy bien con mi libro «Caudillos», me pidieron otra obra, y yo les dije por qué no reeditan el que escribí sobre Rosas.
P.: Usted destaca desde la misma tapa que es una edición corregida y ampliada.
P.OD.: Tenía algunos errores y erratas que en esta edición ya no están, han sido corregidos, y después le agregué bastantes cosas, sobre todo aquellos temas que tienen que ver con la constitucionalidad, con los pactos preexistentes, asuntos que me fueron apareciendo como necesarios de estar luego de aquella primera edición.
P.: ¿Por qué si define a Rosas como «el maldito de la historia oficial» a la vez dice que usted no es rosista?
P.OD.: No soy rosista, soy una persona que ve las cosas buenas y malas de Rosas. Los rosistas son, por lo general, apasionadamente rosistas. En mi libro no dejo de registrar los aspectos negativos de Rosas. Pero su peor pecado fue ser el jefe del bando perdedor. Y como no lo pudieron matar en vida, el propósito de los unitarios, que se rebautizaron liberales, fue matarlo en la historiografía, y lo lograron en gran medida. Le cargaron todo el sayo, todo lo negativo toda la violencia de la época y no le reconocieron nada de lo positivo. Y Rosas fue un hombre al que, no por nada, San Martín le lega su sable. Juan Manuel de Rosas fue un hombre con un alto sentido de lo nacional. Estaba muy apegado a las tradiciones criollas. Era un hombre de estancia, no un estanciero de ciudad. Un tipo que había administrado estancias en la frontera con el indio. Alguien que no perdió un solo metro cuadrado del territorio a pesar de que vivió en tiempos en que los imperios, Inglaterra, Francia, habían salido a conquistar mercados por todo el mundo.
P.: Y acá se les hizo frente.
P.OD.: En el caso concreto de la época de Rosas está la epopeya de la Vuelta de Obligado, que es algo que ha sido reiteradamente escondido en nuestra historia porque contradice esa vocación europeísta, pro británica, afrancesada, que fue la de la Organización Nacional, y en gran medida de todas las áreas culturales. Rosas le pone el pecho a la invasión anglofrancesa cuando hay unitarios importantes, de los exiliados en Montevideo, que estaban arriba de los barcos invasores.
P.: ¿Cómo se debe entender este su participar de diversas profesiones y disciplinas: médico, psiquiatra, psicoanalista, cuentista, novelista, dramaturgo y desde hace un tiempo historiador?
P.OD.: Es una especie de búsqueda, creo que soy un gran buscador irrespetuoso de los límites. Me gusta jugar con varios juguetes a la vez. Me parece, al mismo tiempo, que todo ellos tiene una línea de sentido. Quizá por haber nacido en una familia burguesa, donde lo más importante, lo pasional transcurre en el fondo, detrás de las formalidades, en general siempre me resultó básico enfocar aquello que no se ve. Esa es la línea que pareciera unificar todos mis intereses. Es la convicción de que lo que no se ve es mucho más importante de lo que se ve. Por eso me interesa el psicoanálisis, me apasiona la arqueología. En el teatro me interesa lo que no nos es contado, lo que está latente. En historia me importa lo no dicho o lo ocultado.
P.: ¿Qué piensa que le ha dado a nuestra historia con su modo de relatarla?
P.OD.: No sé si le entrego algo nuevo. Creo que soy un revisionista de los nuevos tiempos. Este libro está dedicado a José María «Pepe» Rosa, que es la columna vertebral del revisionismo. Y con quien yo he tenido la suerte de conversar. Yo me iba a verlo en La Barra, cuando La Barra de Maldonado no era el lugar fashion que es hoy. El vivía gran parte del año en Punta del Este, en lo que fue la vieja aduana de Maldonado, que fue muy importante en nuestra historia. Para mí es muy atractivo ver la historia no del lado liberal autoritario como la escribieron los vencedores de las guerras civiles, sino verla desde donde la veían Pepe Rosa, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, desde una óptica nacional y popular, desde donde se iluminan ciertos próceres, ciertas circunstancias y se oscurecen otras, porque la historia argentina es una historia muy tendenciosa que se escribió para justificar el criterio de la Organización Nacional. Estaba en consonancia con aquello que Sarmiento definió muy bien como civilización o barbarie. Civilización era Europa. Barbarie era aquello contra lo que habían luchado en la guerras civiles, los federales, los provincianos, la chusma, la plebe, las tradiciones criollas. La historia se escribió así, elitista, porteñista, antiprovinciana, entonces creo que hay que revisarla, y estoy empeñado en eso.
P.: Inclusive en su teatro.
P.OD.: Inclusive. Ahora se ha reestrenado «La tentación», que es una reivindicación de Dorrego, hombre de la ética y del patriotismo.
P.: ¿Y ahora qué está escribiendo?
P.OD.: Nuevamente teatro. Una obra sobre los suicidios éticos, para decirlo de alguna manera. Básicamente con las historias de Leandro Alem y Lisandro de la Torre. A Santiago Doria, el director, le ha gustado mucho la primera versión que hice, pero yo sigo revisando el texto, corrigiendo, como siempre tratando de mejorar lo narrado para que alcance el punto dramático que se ha buscado. También en eso siento que soy un empecinado buscador.
Entrevista de Máximo Soto


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