31 de agosto 2010 - 00:00

Stupía seduce con reflejos que eluden el sentido único

La materia que trabaja el artista Eduardo Stupía es la cualidad evocativa que poseen las cosas, y en ella resuena una tradición de tantos años como signos.
La materia que trabaja el artista Eduardo Stupía es la cualidad evocativa que poseen las cosas, y en ella resuena una tradición de tantos años como signos.
Al ingresar al Museo de Bellas Artes se divisa una inmensa pintura de Eduardo Stupía que domina el lobby. El cuadro, comprado en la última edición de la Feria arteBA y donado para ingresar a la colección permanente, fue la obra elegida para sellar el convenio del banco Citi como patrocinante de ambas instituciones: arteBA y el Museo. La alta visibilidad de la pintura en el Bellas Artes acrecentó el interés que suscita un artista que también figura en la influyente colección del MOMA. No es de extrañar, entonces, que la galería Jorge Mara decidiera prolongar la exhibición que inauguró a fines de junio, donde se presenta un amplio panorama de la última producción del artista.

En la muestra «Reflejos», Stupía reitera la imagen de sus grandes cuadros. Es decir, primero pintó una obra y luego su «doble» o su análoga, para después colgar ambas enfrentadas. Cada pintura es el reflejo de la otra y, sin embargo, resulta imposible saber cuál de las dos cumple con la función del espejo. Trasladado a la pintura, el fenómeno óptico de la reflexión pone en evidencia la imposibilidad de diferenciar la condición real o virtual de las obras, al igual que Narciso, quien cree ser el otro y el otro acaba siendo él mismo: ese bellísimo reflejo en el lago del cual se enamora. En este caso -más allá de ser metáfora de la seducción que ejerce la pintura-, el doble de la imagen impone un análisis. La imagen está allí por el placer estético que depara, pero además, la presencia del reflejo demanda ser interpretada, exige una reflexión sobre cuál es el significado de esa existencia duplicada.

Resonancias

La obra de Stupía tiene una característica especial: sus abstracciones se configuran en el umbral de la figuración, porque la materia que trabaja el artista es la cualidad evocativa que poseen las cosas. Por lo demás, la muestra actual resulta evocativa por partida doble: por las formas y por el contenido. En el territorio de las nuevas pinturas se divisa una figuración que tiende a deshacerse. En efecto, las formas (ruinas, ríos, templos, bosques, arroyos, remolinos, estructuras geológicas, cascadas o plantas) se tornan más y más evasivas y tienden a diseminarse en paisajes abstractos. El reflejo se convierte entonces en un dispositivo que activa de inmediato los recuerdos, y aunque las resonancias afloran allí mismo, en la superficie de los cuadros, su significado se escabulle en el momento que creemos haberlo encontrado, eludiendo así la interpretación.

Del mismo modo que los flujos y reflujos de las formas, o los gestos nerviosos o apacibles, nítidos o difusos, amplifican el caudal evocativo, el significado de las obras se extiende como una marea que a través de los reflejos adquiere una dimensión oceánica. Las formas y el contenido, a pesar de su carácter impreciso coinciden tan simétricamente como las pinturas y sus reflejos.

Platón decía «llamo imagen primero a las sombras y luego a los reflejos que veo en las aguas». Ante nuestros ojos, en los cuadros, las aguas conforman lagunas y torrentes, y si bien no hay mensajes claros ni evidencias que brinden certezas para establecer esta asociación, las analogías se tornan inevitables. Cada imagen se ha multiplicado, tiene su «doble», y su inesperada aparición acarrea todo lo fantástico, literario, psicológico y filosófico que conlleva el tema, incluyendo el temor que expresaba Borges al mundo «inhabitable» e «ilusorio que urden los reflejos».

Al mismo tiempo que la mirada vagabundea por los grafismos de las obras que mantienen el riguroso blanco y negro en toda la muestra, la mente tiende a auscultar, con idéntica y errática actitud, los posibles contenidos psicológicos. Al apropiarse de su propia obra y al colgar un cuadro frente a otro, parodiando ese rostro de un sujeto que mira y que a la vez es mirado, el artista tuvo sin duda en cuenta las teorías lacanianas acerca del «metabolismo de las imágenes» y, sobre todo, de aquellas que hablan de la construcción de la identidad.

En el excelente catálogo de la muestra se reproducen todas las obras, pero no hay textos de presentación, tan sólo una dedicatoria de Stupía, a su madre.

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