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Tesoros que dan a conocer un pasado de esplendor
Las piezas reunidas en Proa deslumbran al visitante, al igual que la teatralidad del montaje; en neutrales salas blancas se presentan, como apariciones, las dramáticas figuras que protagonizan la muestra.
Los objetos fueron elegidos por su belleza. Cada una de las 500 piezas se destaca por su valor estético y las distintas series configuran un campo cultural que facilita el acceso al conocimiento. Uno de los posibles abordajes para saber quiénes fueron, cómo pensaban y qué gustos y habilidades tenían los habitantes originarios del territorio casi abstracto de nuestra llanura, es analizar los diseños que lucen estas figuras enigmáticas. Los dibujos registran una cosmovisión, los mitos y leyendas y las más secretas tradiciones de estos pueblos que no tenían escritura.
La muestra es especial por varias razones. En primer lugar, se evitó la distancia que generan las vitrinas y la clasificación taxonómica de los carteles y, de este modo, se potenció la visión estética. Así quedó a la vista el poder alcanzado en distintas áreas por la población indígena del XIX, perceptible a través de la calidad y sofisticación de los atuendos. Con estas claves que no son las del análisis tradicional, el visitante mantiene en todo su recorrido una sensación de cercanía difícil de establecer en los grandes museos. En segundo lugar, las piezas nos hablan de quienes las hicieron y de quienes las usaron, nos muestran la verdadera dimensión de sus valores.
La historia que narra la exposición es la del apogeo, la de las joyas femeninas que otorgaban a los caciques la posibilidad de tener mayor cantidad de esposas bien ataviadas, la mayor demostración de su jerarquía. Como en la actualidad, las joyas se utilizaban para mostrar el poder y la riqueza.
La plata que vinieron a buscar los españoles se encontraba en el Norte y desde allá bajaron los orfebres que acabaron por fundar una tradición y un estilo.
Es preciso tener en cuenta que ya antes del siglo XIX, los pueblos aborígenes de La Pampa habían alcanzado un desarrollo autónomo y un orden social, político y económico, que está representado en el centro de una sala con las figuras envueltas en ponchos y sentadas en un círculo. Esa rueda de personajes muestra la rigurosa organización de las asambleas o parlamentos, «espacios de discusión y plataforma política de cada comunidad», integrada por los caciques con autoridad suficiente para optar por la guerra o por la paz. Nada autoriza a decirlo, pero la cantidad de rayas o las geometrías de los ponchos, podrían ser señales de linaje o jerarquía.
Sobre una plataforma, en cajones y baúles que parecen recién abiertos por un viajero del XIX, ajenos a cualquier clasificación museística, están la sal, el tabaco y los licores, entre los principales productos de un comercio que supo ser activo.
El caballo y su poderosa iconografía trae a la memoria la descarnada historia de las llanuras, donde el hombre está solo y solamente el caballo lo acompaña. En «Una excursión a los indios ranqueles» (1870), Lucio V. Mansilla describe «la combinación de mansedumbre, fortaleza y velocidad que lo hacen imbatible». En la muestra están los aperos y también los frenos, espuelas, cabezales, estribos y ornamentos de plata, sobre las cabezas azules de unos caballos que parecen surgidos de un sueño.
Una de las pocas vitrinas resguarda los ponchos de Mansilla, José de San Martín y el cacique Calfucurá. La historia que rodea a esta muestra hace que el espectador de estos tesoros se inquiete por ella, lo coloca en la situación de cuestionarse qué hay de arcaico en lo moderno, y qué hay de atávico en el mundo nuevo, el mismo que estamos viviendo. Más, aún, cuando en rigor, hay conceptos de esta historia todavía en debate y cuando se conoce de antemano su penoso final. El tiempo que abarca la exposición es el mismo de la zanja surrealista de Adolfo Alsina y de la solución definitiva de Julio Argentino Roca.
Según como se observen, las sofisticadas piezas de esta muestra, como los ponchos de origen inglés que utilizaban los indios, se erigen sobre sus pedestales con su belleza pero también con sus urgencias y sus enigmas, exigiendo una revisión que permita aflorar esos secretos que han permanecido ocultos. La cuidada exposición debe su curaduría y organización general, además del préstamo de algunas obras, a Claudia Caraballo de Quentin, el diseño de montaje a Luis Fernando Benedit, y están presentes piezas de las colecciones de los museos Etnográfico Juan Ambrosetti, Gauchesco Ricardo Güiraldes, Histórico Nacional y Pampeano de Chascomús, la Fundación García Uriburu y Matteo Goretti, entre otras privadas de la Argentina.
Los dos excelentes y exhaustivos libros editados por Larivière, dedicados a la platería y los ponchos de las pampas, con textos de Caraballo de Quentin, Raúl Mandrini, Carlos Aldunate del Solar, Ruth Corcuera, y las recopilaciones de citas de Mercedes Bullrich y María Herrera Vegas, completan una muestra que resulta fundamental, que disfrutarán los expertos y el público en general.


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