12 de abril 2013 - 00:00

Testa hizo más ético el espacio

Clorindo Testa deja  para siempre su firma en la Ciudad a través de obras como la Biblioteca Nacional y el Centro Cultural Recoleta.
Clorindo Testa deja para siempre su firma en la Ciudad a través de obras como la Biblioteca Nacional y el Centro Cultural Recoleta.
Clorindo Testa, el arquitecto que contribuyó, como pocos, a terminar de transformar a Buenos Aires en una ciudad moderna, murió ayer a los 89 años, dejando tras sí una obra fundamental como la Biblioteca Nacional y el Centro Cultural Recoleta. Nacido en Nápoles el 10 de diciembre de 1923, Testa trabajaba desde 1952 en la arquitectura y en la pintura con igual maestría, proyectando edificios que son algo más que objetos de consumo: a través de sus diseños, mostró su potencia como creador de ideas y representaciones, como Niemeyer en Brasil o Barragán en México. Fue el más reconocido artista arquitecto argentino en el país y el exterior y, entre otras muchas distinciones, recibió el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad La Sapienza de Roma, así como fue invitado varias veces a las Bienales de Venecia y San Pablo y al Museo de Arte Moderno de Nueva York.

En 1952 realizó su primera exposición en la Galería Van Riel; en 1953 expuso en el Museo de Arte de Moderno de Río de Janiero y en el Museum de Amsterdam; en 1956 participó de la Bienal de Venecia y hacia fines de la década del cincuenta en las muestras de "Siete pintores abstractos", organizada por el grupo "Boa" y el "Grupo de los cinco". En su larga trayectoria como arquitecto se reconoce la importancia que le asignaba a la estructura urbana, no sólo desde el punto de vista formal, sino como hecho sociocultural. Su arquitectura era exclusiva, difícil de encasillar, a pesar de la diversidad de recursos que utilizaba para materializarla. Uno de sus rasgos dominantes fue no desarrollar una tesis preconcebida acerca de cómo sería el espacio y la realización de cada edificio, sino que ellos tenían que surgir de una serie de variables creativas. Testa consideraba que la ciudad es esencialmente un espacio ético y no una simple acumulación de obras y elementos urbanos, más o menos atractivos desde el punto visual y utilitario, pero desasidos de una estrecha correspondencia con los fines que le dieron origen, lo sostienen y afianzan.

Ha realizado grandes aportes en sus diseños de edificios públicos (estatales y particulares), donde son más exigentes y perentorias las necesidades del espacio ético. Testa respondió siempre a esa necesidad con una imaginación desbordante, y sólo se sujetó a los dictados de lo que el crítico Jorge Glusberg llamaba una conciencia urbano-arquitectónica de precisa solidez. Antes de encarar una nueva obra se preguntaba cómo resultaría, en el futuro, la ciudad que está siendo erigida con las decisiones que se toman hoy. "Los diseños de Testa se hallan, sin duda, entre los de aquellos arquitectos que, desde los tramos finales del siglo XX, han encontrado respuestas de grandes artistas", escribió Glusberg en este diario. "Son las representaciones de un creador de espacios, en los que el hombre pueda desarrollarse en comunión con sus semejantes, aboliendo la soledad y el desamparo. Crear espacios estéticos dentro de la galería o sobre el terreno, donde el arte pueda convivir con el hombre y el hombre pueda vivir en la arquitectura. La presencia del artista es notoria en las formas y los detalles de La Perla, la Plaza del Pilar, Soka Gakkai y Aerolíneas Argentinas, entre otras realizaciones de las últimas décadas. Tanto el arte como la arquitectura son para Testa dos vías concurrentes de entendimiento y conocimiento, de expresión y comunicación".

Entre sus múltiples exposiciones, hay una que se recuerda especialmente. Seis años atrás, en la Galería del Infinito, presentó una especie de autobiografía con obras que repetían los números que aprendió en sus clases de primer grado, que cursó en el Colegio Presidente Roca de Libertad y Tucumán. Expuso desde un cuaderno con las primeras páginas de marzo y principios de abril de 1930 hasta recreaciones de la casa de su infancia para meditar en los significados de la memoria y la escritura. Allí también recobró el pasado personal e histórico a través de su imaginación fecunda y audaz.

Además de las citadas, otras de sus obras emblemáticas fueron, en Buenos Aires, la Cámara de la Construcción en 1951, el ex Banco de Londres y América del Sur en 1960 -actual Hipotecario-, el Hospital Naval en 1970, el Auditorium de la Paz (1993), la sede del Colegio de Escribanos de la Capital Federal (1998) y el proyecto Universidad Torcuato Di Tella (1998). En el interior, creó el Centro Cívico de Santa Rosa, La Pampa, el Centro de Interpretación de Mendoza y una serie de viviendas para el NOA.

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