13 de marzo 2017 - 20:48

Todo listo para subir las tasas el miércoles

Nadie se queja. Nada se agrieta. Apenas se advierte, sí, un retroceso modesto en los precios de acciones, bonos y materias primas. La Fed, decidida.

La mesa está servida. Sólo falta alzar la copa de espumante y la tasa de interés. Si la economía provocaba algunas dudas -para el primer trimestre, el pronóstico de crecimiento declinó del 3,4% al 1,2% según la Fed de Atlanta- el informe laboral de febrero las acalló. La creación neta de 235 mil empleos (227 mil en el sector privado) es de una fogosidad abrumadora para una situación rayana en la ocupación plena. Sobran las razones para explicar el apuro de Yellen & Cía. Wall Street en los récords, la economía de los EE.UU. a punto caramelo, la inflación que se alinea por fin con la meta esquiva del 2%, y el mundo que acompaña en la buena senda de la recomposición de actividad y precios. ¿Quién lo hubiera dicho después del "brexit", el triunfo de Trump en la carrera por la Casa Blanca, y el despido sin gloria de Matteo Renzi? Y conste que en la antesala aguarda una seguidilla de elecciones en el Viejo Continente con argumentos como para fracturar la zona del euro. Que la premier Theresa May esté a punto de apretar el botón nuclear del Artículo 50 -y comience la cuenta regresiva de la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea- no es tampoco motivo de perturbación. El momento es excepcional, confluyen la robustez simultánea de la data dura y la data blanda, del estado de ánimo y las cotizaciones. La Fed adelantó su campaña de vacunación para no dejar pasar la oportunidad.

¿Alguien recuerda el zafarrancho del "tapering", cuando Ben Bernanke, quien a la sazón conducía la Fed, avisó que la entidad meditaba el final de la expansión cuantitativa, el llamado QE3? Ocurrió en 2013 y fue un infierno que tardó meses en calmarse. La primera suba de tasas de interés -ya con Janet Yellen al timón, en diciembre de 2015- resultó otro calvario, antes y, sobre todo, después de la maniobra. Tanto que la propia Yellen izó la bandera blanca de la cautela durante un año (hasta diciembre pasado, cuando ya se sabía que Trump sucedería a Barack Obama). La normalización de las tasas -como denomina el banco central a su empeño actual- es un proceso sinuoso, que avanzó con extrema lentitud en aras de prevenir accidentes, en un terreno que ahora, de súbito, se despeja y hace llano. No se discute que pasado mañana Yellen producirá un aumento de un cuarto de punto (se acepta con una probabilidad del 93,4%, según el modelo CME FED Watch, o del 100% según Bloomberg, aunque no es verosímil que rija absoluta certeza sobre su concreción). ¿Y dónde está la zozobra? No la hay. Así como no la hubo tampoco en diciembre. Nadie se queja. Nada se agrieta. Apenas se advierte, sí, un retroceso modesto en los precios de acciones, bonos y la mayoría de las materias primas. ¿No fue acaso la peor semana de Wall Street en lo que va de 2017? Es correcto, pero el S&P 500 -que cortó una racha de seis semanas consecutivas en alza, viajando de récord en récord- sólo declinó el 0,4%. No hay señales de alerta y sí de comprensión. Los árboles no crecen hasta el cielo, y una poda preventiva es una prudente decisión.

¿Habrá otro ajuste de un cuarto de punto en junio? Los futuros de fed funds se inclinan levemente -55% a 45%- por el sí. La FED planeaba tres retoques en 2017, ¿los mantendrá o añadirá un cuarto aumento? A pesar de la tórrida lectura laboral, todavía se piensa -con una probabilidad del 75%- que no hará adiciones. Sin embargo, en condiciones de plena ocupación, la temperatura adecuada para preservar la estabilidad requiere una creación neta de empleos que oscila entre los 75 mil y los 125 mil por mes. Si la economía se empeña en sumar 200 mil o más, el banco central se tornará más agresivo para disuadir un recalentamiento.

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