23 de junio 2009 - 00:00

Tregua y marcha atrás

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
La euforia se convirtió en prudencia y, quizá, más adelante, raye en nerviosismo. Después de tres meses y medio en frenética suba todo mercado merece descanso. En Wall Street, las acciones escalaron más de 40% desde marzo y aún así, en el concierto de las Bolsas del mundo, apenas se entreveran a mitad del lote. La tregua es oportuna. Una recuperación de las finanzas que se repute sólida y confiable debe probar que está bien montada. Y todavía falta, bajo la cincha, una economía que resople con un vigor que no arroje más dudas que certezas.

Como carga de caballería, el avance de los activos de riesgo es harto desigual: la audacia de los jinetes no se contuvo y dejó muy atrás a las magras cabalgaduras. Todo el mundo, ante tamaña dispersión, tiene en mente la posibilidad de que los mercados acorten distancias y corrijan un 10%. La merma de volumen y los menores bríos refuerzan la noción de un alto en el camino, una fase de transición, hasta que la economía real demuestre que afirma el tranco y se pone a tiro.

Señal

Los aires de transición se respiran desde las dos últimas semanas. La lectura de los indicadores cambió. El vaso medio vacío ya no se vende como a medio llenar. La idea de la recurrección económica inminente está puesta en tela de juicio. No porque se piense que existirá un serio traspié sino porque, a estas cotizaciones, se necesitan mayores avales y evidencias. Entiéndase bien: los indicadores cíclicos -como la canasta líder que compila The Conference Board en la mejor tradición de Arthur Burns y Wesley Mitchell- presagian un viraje positivo.

La medición de abril fue la primera señal favorable: 1,1%. Mayo fue más sólido, no sólo por el resultado final (1,2%) sino porque contribuyeron siete de las diez series que conforman la cesta. Es un repunte de amplio espectro a saber: sumaron un voto de confianza, la performance de ventas, las nuevas órdenes de bienes de capital de uso civil, los permisos de construcción, la pendiente empinada de la curva de rendimientos, las expectativas del consumidor, la cantidad real de dinero y, por último, la propia suba de las acciones.

La canasta líder retomó, tras el empuje de abril y mayo (que no ha cesado en lo que va de junio), los valores más altos desde setiembre último. Y, por primera vez desde julio de 2007, su medición semestral marca un avance.

Sin embargo, aquellos indicadores que se mueven en tándem con el nivel de actividad y el gasto -la llamada canasta coincidente- todavía están cayendo aunque la magnitud de su repliegue se reduzca. Cruzando datos -y observando la debilidad pertinaz del mercado laboral- puede afirmarse con convicción que la recesión se modera. Y también, con idéntico énfasis, que todavía no terminó. Pero, a decir verdad, las cotizaciones de los activos de riesgo ya hace tiempo que descuentan el recorrido completo.

Afianzarse y más tarde escalar mayores alturas obligará a despejar interrogantes. La tregua no es casual: la agenda arrima, sólo esta semana, una reunión de la Fed (un tópico nuevamente importante), otro episodio de colocación torrencial de nueva deuda pública, la difusión de una docena de balances empresarios de nota y, el viernes, información crucial sobre la marcha del gasto e ingreso personal (aportando una pista sobre la fortaleza del consumo).

Será imperioso, en principio, anclar un rango de tasas de interés de largo plazo. O sea, tapiar un flanco de gran vulnerabilidad para justificar los precios que se pagan por los activos de riesgo. ¿Existe un techo firme en un 4% para los bonos del Tesoro de diez años? ¿O cederá ante la presión de una oferta que, se sabe, opera como un grifo abierto?

Vale repasar el carrousell de subastas sólo de la presente semana. Hay que distribuir 40 mil millones de dólares en notas a dos años, 37 mil millones en cinco años y 27 mil millones en siete años. Además de 61 mil millones en Letras de tres y seis meses.

Se presume que la Fed hará compras, pero en mucha menor magnitud, en las áreas de 4-7 años y 17-30 años. Debe quedar claro, pues, que la expectativa por la reunión de la Fed no se basa en ninguna inquietud sobre una eventual suba de tasas cortas.

Retoque

Si el comunicado del G-8 tras el cónclave en Lecce clavó alguna espina de duda, las autoridades de los EE.UU. la extrajeron con presteza. Es la suerte del programa de adquisición de activos de largo plazo (títulos de agencia y bonos del Tesoro) lo que concita la atención. En principio, la Fed sería renuente a meter manos en el asunto y aportar una ampliación, pero tampoco cerraría las puertas a un retoque ulterior.

Un rally que se desplegó a lo largo de tres meses y medio bien puede tomarse su tiempo para definir sus próximos pasos. Y, en ese sentido, nada se perfila más definitorio que la próxima temporada de balances de empresas. Esta semana habrá un sabroso aperitivo pero la función plena recién arrancará en julio, como siempre con los estados contables de Alcoa, para recién cobrar su vuelo máximo promediando el mes.

El umbral que hay que atravesar, en principio, no parece muy exigente. Las ganancias estimadas del índice S&P 500 apuntan a una merma superior al 34% con respecto al segundo trimestre del año pasado. Desde marzo, los pronósticos recularon un 4% y, como ya se dijo, las cotizaciones volaron un 40% en alza. Dos ingredientes son necesarios. Mejorar las magras expectativas debería ser muy factible gracias a la contabilidad flexible que se le permitirá ahora a todos los bancos, la debilidad del dólar (que infla los resultados de ultramar en moneda extranjera) y el salto del precio del petróleo (que obra maravillas en un sector como el de energía, de gran peso).

Lo más difícil es predecir el ánimo con que arribarán los inversores. Los ajetreos -como los de ayer- son previsibles. Será vital que la tregua permanezca en su lugar y que los sacudones del camino la agiten pero no la quiebren.

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