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Tregua y marcha atrás
José Siaba Serrate
Sin embargo, aquellos indicadores que se mueven en tándem con el nivel de actividad y el gasto -la llamada canasta coincidente- todavía están cayendo aunque la magnitud de su repliegue se reduzca. Cruzando datos -y observando la debilidad pertinaz del mercado laboral- puede afirmarse con convicción que la recesión se modera. Y también, con idéntico énfasis, que todavía no terminó. Pero, a decir verdad, las cotizaciones de los activos de riesgo ya hace tiempo que descuentan el recorrido completo.
Afianzarse y más tarde escalar mayores alturas obligará a despejar interrogantes. La tregua no es casual: la agenda arrima, sólo esta semana, una reunión de la Fed (un tópico nuevamente importante), otro episodio de colocación torrencial de nueva deuda pública, la difusión de una docena de balances empresarios de nota y, el viernes, información crucial sobre la marcha del gasto e ingreso personal (aportando una pista sobre la fortaleza del consumo).
Será imperioso, en principio, anclar un rango de tasas de interés de largo plazo. O sea, tapiar un flanco de gran vulnerabilidad para justificar los precios que se pagan por los activos de riesgo. ¿Existe un techo firme en un 4% para los bonos del Tesoro de diez años? ¿O cederá ante la presión de una oferta que, se sabe, opera como un grifo abierto?
Vale repasar el carrousell de subastas sólo de la presente semana. Hay que distribuir 40 mil millones de dólares en notas a dos años, 37 mil millones en cinco años y 27 mil millones en siete años. Además de 61 mil millones en Letras de tres y seis meses.
Se presume que la Fed hará compras, pero en mucha menor magnitud, en las áreas de 4-7 años y 17-30 años. Debe quedar claro, pues, que la expectativa por la reunión de la Fed no se basa en ninguna inquietud sobre una eventual suba de tasas cortas.
Retoque
Si el comunicado del G-8 tras el cónclave en Lecce clavó alguna espina de duda, las autoridades de los EE.UU. la extrajeron con presteza. Es la suerte del programa de adquisición de activos de largo plazo (títulos de agencia y bonos del Tesoro) lo que concita la atención. En principio, la Fed sería renuente a meter manos en el asunto y aportar una ampliación, pero tampoco cerraría las puertas a un retoque ulterior.
Un rally que se desplegó a lo largo de tres meses y medio bien puede tomarse su tiempo para definir sus próximos pasos. Y, en ese sentido, nada se perfila más definitorio que la próxima temporada de balances de empresas. Esta semana habrá un sabroso aperitivo pero la función plena recién arrancará en julio, como siempre con los estados contables de Alcoa, para recién cobrar su vuelo máximo promediando el mes.
El umbral que hay que atravesar, en principio, no parece muy exigente. Las ganancias estimadas del índice S&P 500 apuntan a una merma superior al 34% con respecto al segundo trimestre del año pasado. Desde marzo, los pronósticos recularon un 4% y, como ya se dijo, las cotizaciones volaron un 40% en alza. Dos ingredientes son necesarios. Mejorar las magras expectativas debería ser muy factible gracias a la contabilidad flexible que se le permitirá ahora a todos los bancos, la debilidad del dólar (que infla los resultados de ultramar en moneda extranjera) y el salto del precio del petróleo (que obra maravillas en un sector como el de energía, de gran peso).
Lo más difícil es predecir el ánimo con que arribarán los inversores. Los ajetreos -como los de ayer- son previsibles. Será vital que la tregua permanezca en su lugar y que los sacudones del camino la agiten pero no la quiebren.


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