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“Trittico” duro, y pasado por agua
La versión heterodoxa, oscura y acuática del «Trittico» pucciniano, tuvo algunas buenas voces, como la del experimentado barítono Juan Pons.
Musicalmente lograda y escénicamente controvertida, la versión de «Il trittico» de Puccini que el Teatro Colón estrenó el viernes pasado reaviva una vez más los debates que rodean al género y que apasionan a sus entusiastas. En una decisión tan audaz como lo sería cambiar el orden de los paneles que integran «El jardín de las delicias» de Hyeronimus Bosch o el «Altar de Isenheim» de Matthias Grünewald, el régisseur Stefano Poda invirtió el orden original, cerrando su producción con «Suor Angelica» y no con «Gianni Schicchi», que quedó en segundo término.
Las razones son expresadas por Poda en un texto inserto en el programa de mano: por un lado, que el espectador se lleve la carga de dramatismo y desesperación plasmada por Puccini y Forzano en «Suor Angelica», y por el otro generar con «Gianni Schicchi» un corte entre la densidad de las otras dos. Lo cierto es que el corte no resulta tan notorio, ya que la puesta de «Schicchi» es igualmente oscura y apenas más dinámica que las de «Tabarro» y «Suor Angelica», y como consecuencia el contraste que buscaba Puccini queda totalmente sepultado bajo el aluvión de sombras (también responsabilidad de Poda) que dominan la escena durante las 3 horas y media de espectáculo.
Al igual que la régie de «Eugenio Onegin» vista en La Plata en marzo, la puesta de Poda -que dividió la opinión de la audiencia, tal como quedó evidenciado en el momento de su saludo- apeló al recurso, a esta altura nada novedoso, de inundar el escenario de agua. La idea, justificable en «Tabarro», redundó en las otras dos en un elemento que distrajo la atención del público y entorpeció la acción de los cantantes, lo mismo que el plano inclinado.
En los papeles de Michele y Gianni Schicchi, el experimentado barítono Juan Pons aportó solidez vocal y estatura escénica. De gélida belleza, la soprano italiana Amarilli Nizza encontró en Suor Angelica, y especialmente en las instancias finales (que son por otra parte el único momento en que la emoción se hace presente en la puesta) lo mejor de su performance; menos convincente fue en cambio como la Giorgetta de «Tabarro», donde se la notó forzada en sus recursos vocales.
La mezzosoprano polaca Agnes Zwierko fue solvente en su triple actuación (La Frugola, Zita y la Zia Principessa), y su voz, más afianzada en el centro y agudos que en los graves. Muy buenas labores llevaron a cabo Beatriz Díaz (Lauretta), Carl Tanner (Luigi), Darío Schmunck (Rinuccio), Mario De Salvo (Talpa y Simone), Osvaldo Peroni (Gherardo), Sebastiano De Filippi (Spinelloccio), Fernando Grassi (Ser Amantio), Eliana Bayón (Suor Genovieffa) y Duilio Smiriglia (Vendedor de Canciones), y en líneas generales, el resto del elenco y también el Coro Estable. La dirección de Richard Buckley, matizada y correcta a grandes rasgos, tuvo su punto débil en el balance entre el foso y la escena, ya que por momentos las voces resultaron ahogadas en la marea orquestal.


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