22 de junio 2009 - 00:00

Último recurso kirchnerista abrazó a radicales y a Carrió

El Gobierno salió ayer a mostrar, sin maquillaje, la estrategia de último momento para intentar controlar la elección en la provincia de Buenos Aires. Daniel Scioli fue el encargado: «A veces hay una subestimación al radicalismo y a mí me consta. No sólo está gobernando 40 municipios, Margarita es una dirigente de talla y Ricardo

Alfonsín es un hombre respetado, por lo tanto viene habiendo toda una tendencia a querer concentrar la atención solamente en los dos espacios», dijo en otro intento por romper la polarización con Francisco de Narváez y derivar votos hacia el Acuerdo Cívico y Social, un ejercicio que puso a la UCR en alerta.

Pero el debate dentro del kirchnerismo sobre los problemas que anticipa esta elección, por ahora está lejos de esa estrategia que se muestra públicamente: pasa por un análisis crítico de la forma de hacer política del matrimonio presidencial. Hace casi un año, el Gobierno estaba en su peor momento: acababa de perder el debate por la Resolución 125 en el Congreso, y la oposición mostraba la primera victoria contra los Kirchner en muchos años.

Fue entonces cuando comenzó a plantearse la estrategia para la renovación legislativa de junio. Ese camino terminó con la candidatura de Néstor Kirchner en la provincia de Buenos Aires, por lo que muchos oficialistas ahora se preguntan: cuando se tomó esa decisión, ¿no sabían los Kirchner que profundizaría una polarización del electorado?

Error

Es cierto que para el Gobierno era difícil pensar por entonces que una lista como la de Francisco de Narváez pudiera ponerse a la cabeza de la recolección de votos opositores. Pero hubo claramente un error al pensar en una elección en la provincia dividida en tres tercios, gracias al desgaste del oficialismo, y que el radicalismo y la Coalición Cívica pudieran tomar en ese esquema un rol claro de segundo contendiente fuerte.

La polarización, entonces, puso al Gobierno en un riesgo que aun las encuestas no terminan de mensurar. Pero no fue la única equivocación: ¿no pensó el Gobierno que el adelantamiento de las elecciones sería tomado por los votantes como un signo de debilidad creciente en lugar de aceptar la teoría del impacto en el país de la crisis financiera, que fue explicada por Cristina de Kirchner en Chubut cuando tomó la decisión?

Claramente pocos recuerdan que se vota el 28 de junio en lugar del 28 de octubre, como fija el calendario electoral original, porque la crisis internacional obligó a evitarle al país seis meses más de discusiones de campaña.

Logró el Gobierno llevar la fecha a un momento de menor desgaste, como hubiera sido octubre, pero no pudo evitar con la decisión transmitir señales negativas al electorado.

El resumen de los errores en que cayó el oficialismo y que hoy repasa cualquier militante kirchnerista incluye también las candidaturas testimoniales: «¿Por qué lo hicimos? Porque teníamos miedo de perder. Entonces era imposible que no se dieran cuenta», se quejaba amargamente un hombre cercano al Gobierno el fin de semana.

Ninguno de esos elementos por si solos alcanza, de todas formas, para complicarle definitivamente la elección al Gobierno. Pero han ayudado a confundir al electorado y sangrar votos hacia la oposición en Buenos Aires.

El problema para la militancia es que ese análisis puede aplicarse sólo a lo que sucederá en la provincia de Buenos Aires. En el resto del país, el partido parece ya jugado para el Gobierno, y los resultados son sombríos. Son esos números que les auguran derrotas nuevamente a los Kirchner en todas las grandes ciudades del país, como sucedió en 2007, y problemas en buena parte de las provincias.

En una elección para renovar diputados esos datos son los que muestran cómo será la vida de Cristina de Kirchner en el Congreso después del 28 de junio. Sólo la provincia de Buenos Aires podría compensar la pérdida de 15 a 20 diputados que el Gobierno sufriría el próximo domingo. Ahora bien, si la diferencia entre Kirchner y De Narváez, aunque por ahora sea especulación, se ubica en 3, 4 o 5 puntos, el resultado no moverá casi el marcador del número de legisladores que el Gobierno ingresará al Congreso. Es decir: con guarismos de ese nivel, sea quien sea el que gane, la diferencia está entre dos diputados más o menos en cada lista. El oficialismo hoy ya no tiene mayoría en Diputados (retiene sólo 116 diputados), por lo que poco importará si la baja ronda los 15 o los 20.