Ante la impotencia y corrupción de las fuerzas policiales, Felipe Calderón decidió en diciembre de 2006, a poco de asumir el poder, la militarización del combate contra los carteles de las drogas, destinando 50.000 soldados.
La estrategia, apoyada por Estados Unidos, ha permitido detener a numerosos e importantes capos, pero no frenó el flujo de cocaína y otras sustancias a Estados Unidos y desencadenó una inédita violencia.
Esta violencia tiene que ver con los combates entre las fuerzas de seguridad y las milicias de los narcos, pero también con ajustes de cuentas entre las distintas organizaciones mafiosas por el control de territorios (foto).
El saldo de muertos desde fines de 2006 se eleva ya a más de 40.000, entre quienes se cuentan numerosos inocentes, mujeres y hasta un millar de niños.
La violencia, además, va en alarmante aumento. De los 2.826 muertos contabilizados oficialmente en 2007 se pasó a 6.837 en 2008, a 9.614 en 2009 y a 15.273 el año pasado. Sólo entre enero y abril último la cifra se incrementó en 4.000 víctimas.
La violencia se derramó incluso hacia estados del sur de EE.UU., donde comienzan a repetirse los asesinatos y los ajustes de cuentas.
Más de 20 jefes narcotraficantes han sido muertos o capturados desde 2006. Pero la falta de resultados contra la organización que lidera Joaquín «El Chapo» Guzmán (conocida como el Cartel del Pacífico o de Sinaloa), ha provocado denuncias de que las autoridades golpean a sus rivales para beneficiarla en el negocio ilícito. Ante esto, el vocero de seguridad del Gobierno, Alejandro Poiré, debió aclarar el lunes que Guzmán «está siendo perseguido por las Fuerzas Federales con el mismo acecho y firmeza», a la vez que pidió terminar con los «mitos» al respecto.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dejá tu comentario