En lo que va del año, cerca del 40% de los movimientos semanales del S&P500 se puede vincular a lo sucedido con los commodities (y viceversa). Esto es el doble de lo visto en los cinco años anteriores y casi 20 veces más que en las dos últimas décadas. Es fácil armar argumentos: por ejemplo, la extraordinaria correlación de más del 60% del azúcar con el S&P500 es porque en Brasil se la usa para fabricar etanol, lo que la vincula al petróleo (correlación del 70%), que a su vez está más atado a los fragores de la política monetaria y económica global que al consumo. Pero por lógicas que parezcan estas construcciones, el principal responsable del aumento de las correlaciones parecen ser los Algos (Programas de Trading por Algoritmos) que buscan explotar de manera instantánea las relaciones y desviaciones entre los precios de todo tipo de activos, sin importar la razonabilidad de esos vínculos. El crecimiento de estos mecanismos automáticos (a los que podemos agregar el lanzamiento de varios ETF para operar con el físico en commodities que, como el cobre, sólo obedecían a una oferta y demanda genuina) parece haber escalado a un punto en que han comenzado a programarse unos a otros generando una especie de profecía autocumplida de las correlaciones, o si se quiere una burbuja de correlaciones (¡ojo con la tasa!). Si bien esto hace más fácil ganar dinero, ya que dan lo mismo las materias primas que las acciones (y si nos extendemos, las monedas o bonos), la mala noticia es que la idea de diversificar el riesgo mediante una cartera balanceada de inversiones se está haciendo pedazos.
De manera estricta deberíamos decir que la semana que acaba de terminar fue alcista para las acciones, pero con el Dow avanzando apenas el 0,1% (el viernes ganó un 0,2%, cerrando en 11.203,55 puntos), el S&P500 un magro 0,04% y el NASDAQ retrocediendo un 0,004%, lo más justo es hablar de un saldo neutro. Lo más destacable: la suba de la tasa de 10 años a 2,87% (el lunes tocaba el 2,97%, pero dos semanas atrás, el 2,49% anual).
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