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Un ex preso chino relató su drama en Guantánamo
En una entrevista concedida en Tirana, Bakker Qassim afirmó que «cuanto antes cierren el centro, mejor». «La decisión de Barack Obama de cerrar Guantánamo es justa. Durante ocho años George W. Bush permitió que funcionara esa cárcel y cometió un grave error que Obama debe arreglar ahora», declara.
Bakker Qassim, de 39 años, llegó a Albania en mayo de 2006 junto a otros cuatro compatriotas que estuvieron recluidos en Guantánamo durante cuatro años. El paso por ese centro de detención marcó su vida para siempre.
La peripecia comenzó en el verano (boreal) de 2001 cuando Bakker Qassim decidió abandonar la provincia china de Xinjiang, habitada por unos 8 millones de uigures, una minoría étnicamente turca de religión musulmana, en búsqueda de una vida mejor y de escapar a la represión del Gobierno central chino.
A la espera de un visado de entrada a Irán, se cobijó en un pueblo uigur de Afganistán hasta octubre de 2001, cuando el Ejército estadounidense empezó a bombardear a los talibanes, a los que acusó de haber colaborado con la red terrorista de Al Qaeda en los atentados del 11 de setiembre.
Para salvar su vida, Abu Bakker huyó a Pakistán, donde fue capturado por unos campesinos chiitas que lo entregaron al Ejército norteamericano, que pagaba 5.000 dólares por cada supuesto terrorista musulmán.
Desde el centro de detención de Kandahar, en Afganistán, el uigur fue enviado a Guantánamo en junio de 2002, donde pasó a ser el preso número 283. «Tenía una buena imagen de EE.UU. como país que portaba la democracia a todo el mundo. Pero allí (en Guantánamo) no había democracia. Mucha gente era inocente, como yo», cuenta Abu Bakker.
Relató que durante diez meses vivió dentro de una jaula de hierro de menos de cuatro metros cuadrados en la que había sólo una cama, un inodoro y un lavatorio. Y en los primeros cuatro meses no pudo hablar con nadie porque no entendía ni el árabe, ni el afgano, los idiomas de los otros presos.
La única libertad que gozaba en un día era leer el Corán, pasear con pies y manos atados durante diez minutos en una jaula más grande y disfrutar otros cinco minutos del agua fresca de la ducha.
«A mí, igual que a los demás uigures, no nos torturaron físicamente, pero había presión psicológica», asegura. «Pasamos noches enteras sin cerrar un ojo porque los soldados empezaban a limpiar el recinto haciendo ruido a propósito. Otros nos insultaban mientras rezábamos», recuerda.
Inocente
Unos 20 presos sufrieron trastornos mentales después de tres años de reclusión, afirma. También denuncia que aunque fue declarado inocente por un tribunal militar en 2004 tuvo que permanecer otro año más en el campo hasta que Albania aceptó recibir a cinco de los 22 uigures de Guantánamo. Uno de ellos abandonó ya el país balcánico para emigrar a Suecia.
Abu Bakker sigue sin poder volver a su casa en Xinjiang, donde lo esperan su mujer y sus tres hijos, dos de ellos gemelos de 7 años que nunca pudo ver, a los que el Gobierno chino niega la posibilidad de reunirse con él en Albania.
China pide la repatriación de todos los uigures de Guantánamo para juzgarlos y quizá ejecutarlos como sospechosos de actos terroristas y miembros de organizaciones separatistas.
En Albania, Bakker vive gracias a una pensión del Gobierno, que le garantiza el pago del alquiler durante dos años. Actualmente planea abrir una pequeña pizzería para poder ganarse la vida.
Agencia EFE


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