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Un examen de dos almas atormentadas
Virginia Innocenti y Osmar Núñez interpretan a Anna Magnani y Tennessee Williams en “Noches romanas”, de Franco D’Alessandro, con puesta y versión de Oscar Barney Finn.
"Noches romanas", asentada ya en cartelera y casi siempre a sala llena, es un trabajo excepcional de Oscar Barney Finn. Algunos apuntes sobre la obra: se trata de un drama de cámara del italiano Franco D' Alessandro basado, entre otras fuentes, en aquellos pasajes de las memorias de Tennessee Williams en los que el autor de "Un tranvía llamado deseo" relata su prolongada amistad con Anna Magnani, que conoció momentos de placidez y otros tantos de turbulencia. A través del encuentro de estas dos grandes figuras del siglo XX, tan mundanos como solitarios y desesperados en su interior, se transparenta también una época en permanente ebullición y crisis, esas casi dos décadas que van desde las postrimerías de los 40 hasta bien entrados los 60. En los diálogos no dejan de aparecer menciones a las figuras que no sólo marcaron aquel período histórico sino también la existencia de sus protagonistas, desde Roberto Rossellini a Luchino Visconti, pasando por Marlon Brando, Anthony Quinn e Ingrid Bergman, además de los jóvenes amantes de Williams y el hijo de la Magnani, Luca.
Sin embargo, tanto el criterio de la puesta como la versión trascienden lo que podría haber sido, únicamente, la teatralización del vínculo entre dos celebridades atormentadas. Virginia Innocenti y Osmar Núñez, al principio y en el desenlace, se separan de sus personajes: son dos actores que, a una punta y otra del escenario, como comentadores (o celebrantes), se apartan del drama a venir. Esa distancia refuerza aun más el tono que guía de inmediato sus interpretaciones. No hay desbordes, no hay subrayados innecesarios ni una búsqueda inútil por "encarnar" en dos personalidades imposibles de reproducir sin que se corra el riesgo de caer en la caricatura. Mucho más en el caso de Innocenti, con un monstruo cinematográfico como la Magnani como referencia; a Núñez, en cambio, lo mucho menos público de la persona de Williams le permite un lucimiento, en su mesura, más notorio (pero en ambos casos las actuaciones son estupendas).
Pero la mayor fuerza de estas "Noches romanas" no está ni en el relato de sus respectivos triunfos, infortunios y miserias (siempre interesantes, desde luego, por tratarse de semejantes personajes), y ni siquiera en esa pintura, melancólica y crepuscular, de una cultura en extinción simbolizada en esa Roma que se atisba desde el balcón, sino en muchos de los gestos, insinuaciones y silencios, que sostienen el vínculo entre ambos y que le transmiten al espectador la mejor vía para sumergirse en esa extraña comunión que forjaron a lo largo del tiempo.
Un pequeño detalle, pero fundamental, se produce apenas iniciada la acción: Magnani solía caminar descalza por su departamento, y en uno de los primeros encuentros Williams, al sentarse en su sofá, la observa y le informa: "también yo me voy a descalzar". No hay réplica por parte de ella, pero en su silenciosa mirada cabe un mundo en ese instante: desde la resistencia a desnudar sus tormentos ante un par hasta, inclusive, la fantasía de un vínculo sexual improbable. No es el único caso. Otro momento sobrecogedor se produce cuando, de forma inesperada, ella responde una pregunta que él le hace sobre Rossellini (el marido que la dejó por la Bergman) cuando todo señalaba que no lo haría.
Desde luego, los diálogos ilustran algunos de los momentos más notables de la colaboración artística entre ambos ("La rosa tatuada", "El hombre en la piel de víbora", etc.), pero lo central escapa, como en cualquier buen drama, a lo que son los datos de una biografía.


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