8 de febrero 2010 - 00:00

“Un Hamlet argentino no puede jugar a que es un actor inglés”

Manuel Iedvabni: «Hamlet es la obra que más me interesa, no sólo de Shakespeare sino de todo el teatro universal. Quizás por eso temía llevarla a escena».
Manuel Iedvabni: «Hamlet es la obra que más me interesa, no sólo de Shakespeare sino de todo el teatro universal. Quizás por eso temía llevarla a escena».
«Sólo ahora estoy en condiciones de encarar un Shakespeare», admite Manuel Iedvabni, sobre la versión de «Hamlet» que acaba de estrenar en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543). No es frecuente oír frases así en el ambiente teatral porteño, y menos en alguien de su trayectoria. Pero así es Iedvabni, apasionado por su tarea e incapaz de ofenderse ante una crítica poco favorable. Con más de cincuenta años de carrera, el director de «La bestia en la luna» y de «Un informe sobre la banalidad del amor» (a reestrenarse el 12 de febrero en el Teatro Cervantes), sigue disfrutando de su trabajo como el primer día.

Durante todo 2009 trabajó en la versión de «Hamlet» junto a Malena Solda e Ingrid Pelicori (autora de la traducción definitiva). El elenco está integrado por Federico Olivera, Patricia Palmer, Héctor Bidonde, Ana Yovino, Luciano Suardi y Marcelo Savignone, entre otros.

Periodista: ¿Por qué eligió este Shakespeare para «debutar»?

Manuel Iedvabni: Es la obra que más me gusta e interesa, no sólo de Shakespeare sino de todo el teatro universal. Quizás por eso temía llevarla a escena. Sintetiza la condición humana de una manera exquisita.

P.: Sigamos con el ranking de dramaturgia. Elija otros dos títulos.

M.I.:
Me quedaría por hacer el «Galileo Galilei» de Brecht.

P.: Raro que no lo haya hecho hasta ahora. Usted es un especialista en Brecht.

M.I.:
Monté unas 18 obras de Bertolt Brecht y quedé saturado. Ya hace 15 años que no frecuento su obra. Otro título que me queda pendiente es «Esperando a Godot» de Samuel Beckett, otra gran síntesis de la condición humana.

P.: Volviendo a «Hamlet» ¿Qué nos puede anticipar de esta adaptación?

M.I.:
Como cualquier otra versión la cortamos bastante. Lo único que le pedí a la traductora es que el protagonista pudiese hablar sin ponerse enfático. Tal como estamos hablando ahora, en esta entrevista. Yo creo que la calidad poética surge de la propia construcción dramática. La acción misma tiene, de por sí, una fantasía y una inventiva realmente maravillosas. Por otro lado, un actor argentino no puede estar haciendo teatro inglés en la Argentina. Hacer teatro argentino con un autor inglés que escribió hace mucho tiempo.

P.: Entonces ¿vamos a pérdida?

M.I:
Vamos a ganancia. A mí lo que más me interesa del fenómeno teatral es la presencia viva del actor que se comunica con otros seres vivos a través de su personaje, el texto y los recursos que quiera utilizar. El actor regala, transmite una vivencia que, por más fuerte que sea, va a nacer y morir en ese mismo momento. No hay nada tan efímero como el teatro y eso me encanta, porque todo es efímero en la condición humana. Construimos casas que nosotros mismos vamos a ver cómo se desvanecen. La maravilla consiste justamente en vivir sin certezas, en poder generar algo creativo y cambiante. Aprecio las variaciones infinitas que se producen cada día con cada actor, con cada ensayo. No puedo milimetrar la experiencia, ni atraparla como a un pájaro dentro de una jaula.

P.: ¿Qué clase de Hamlet compone Federico Olivera?

M.I.:
El que él puede hacer. Quiero aclararle que el «ser o no ser» de Hamlet no puede ser dicho como si fuera teatro inglés. El tiene que hablar sobre la vida y la muerte como estamos hablamos ahora, con tanta espontaneidad y veracidad como se pueda. Por lo demás, todo es muy loco y vertiginoso. Caótico, fuera de quicio y nervioso como es el mundo hoy. Seguramente, esto tiene muy poco que ver con el ritmo o con la melopea atribuida a Shakespeare. Al fin ya al cabo ¿qué recibimos de su obra? La sopa de la sopa de la sopa. Un clasicismo que nadie sabe muy bien qué es. Por lo menos, sabemos que estamos entre argentinos y hablamos entre nosotros.

P.: Entonces, a la manera argentina, le pregunto: ¿Qué tal es este muchacho Hamlet?

M.I.: Tal vez esté proyectando en él mi propia rebeldía y no aceptación. El, con quedarse mosca, podría heredar un reino. Pero, quizás, ni necesita, ni quiere ser rey de nada. Él quiere aprehender la condición humana, quiere explicarse por qué hay asesinatos junto a él, por qué los hombres son cómo son. Así que Hamlet tiene este problema, no lo puede resolver y morirá en el intento, pobrecito. Me gusta esa condición de preguntarse y preguntarse y no aceptar. Quizás esto sea un poco sartreano, la rebelión latente, una causa perdida. pero, bueno, para mí es así.

P.: Cambiando de tema. Tuvo una temporada muy exitosa en el Cervantes con la pieza de Mario Diament «Sobre la banalidad del amor».

M.I.: Sí, la reponemos el 12 de febrero. Es una sala más bien chica y las entradas se agotan con una semana de anticipación. Osmar Núñez y Alejandra Darín componen a Martin Heidegger y Hanna Arendt.

P.: ¿Asisten muchos estudiantes de filosofía?

M.I.:
Hay una intelectualidad que está agarradísima. También va otra clase de público y de distintas generaciones, porque la obra está escrita como una historia de amor. Es conmovedora y transgresora, a la vez. No se mete a filosofar porque sería imposible. Pero igual nos obligó a estudiar a ambos filósofos.

Entrevista de Patricia Espinosa

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