3 de junio 2010 - 00:00

Un humorista con más de Tati que de Chaplin

El autor de «Macanudo» aparece en diferentes situaciones cotidianas y también dando explicaciones risueñas a una cámara que intenta en vano capturar a la persona detrás del personaje.
El autor de «Macanudo» aparece en diferentes situaciones cotidianas y también dando explicaciones risueñas a una cámara que intenta en vano capturar a la persona detrás del personaje.
«Liniers, el trazo simple de las cosas» (Argentina, 2010, habl. en español). Guión y dir.: F. González. Documental.

Este documental sobre el dibujante de «Macanudo» y «Bonjours» corre con dos ventajas: el cariño de su público lector, que lo imagina como un niño grande, inocentón y de corazón tierno, y así efectivamente lo ve en la pantalla, y los dibujos animados de Juan Goytisolo, que con unos pocos trazos intermedios mueve duendes, pingüinos, y la hamaca de Enriqueta.

Ricardo Liniers aparece sobre su mesa de trabajo, en un programa radial, en la esquina de Amenábar y Arenales pintando un mural con sus amigos, en un recital de Kevin Johansen para acompañar las canciones con gráficas rápidas, en una sesión de autógrafos, en la conquista de los asistentes a una charla, mostrando sus libros y cuadernos de bocetos, soltando la risita por cualquier pavada, o como si contara cualquier pavada, y dando explicaciones risueñas a una cámara que se le encima en vano intento de capturar a la persona detrás del personaje. Y siempre hay algo que la documentalista Franca González, y cualquier lector, sospecha, y no encuentra, probablemente porque el propio Liniers lo esconde, nervioso, pudoroso, esquivo. Graciosamente, la obra se titula «Liniers, el trazo simple de las cosas» (lo que involuntariamente nos hace recordar el título de una vieja telenovela, «Nino, las cosas simples de la vida»). Pero quizá debería llamarse «El secreto de sus anteojos», como dijo él mismo en una de sus historietas. Y es que nunca logramos ver, en su cara, ese dejo de tristeza y amenidad que sólo percibimos a través de su alter ego, el conejo. Cuanto mucho, por ahí lo vemos elogiando como modelo el equilibrio chapliniano entre el humor y la tristeza a modo de contracorriente (si bien lo suyo parece más cerca de Tati o Etaix que de Charlot, o, más aún, de los tiernísimos «Plic y Pluc» de Roge que salían -cuando él era chico- en el suplemento infantil de «La Nación»).

La voz en off de la documentalista equivale al texto de los cuadritos como si fueran leídos por una persona grande, levemente molesta ante el juego infantil. El prólogo de invierno canadiense da bien el tono de lo que vendrá, con un lindo momento en el montaje del paso de las estaciones visto con película y pincel desde una ventana. Y las animaciones de Goytisolo dan gusto, y dejan con gusto a poco. De él, ya trabajando otro estilo, se recomienda ver el cortito «El brote», en YouTube. Y de espíritu coincidente, «Incómodos», la comedia melancólica de Esteban Menis que el mismo Liniers supo promocionar en su momento.

P.S.

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