La exposición comprende obras de 22 artistas sobre la dialéctica de oscuridad e iluminación.
Ali Chen. “Sin lugar para esconderse” en la muestra sobre la luz.
Cristina Blanco, curadora de la muestra "Como un destello" que se exhibe en la Casa Nacional del Bicentenario, convocó a 22 artistas para desarrollar con mirada contemporánea: "La dialéctica luz-oscuridad", presente desde los inicios de la representación pictórica. En el primer y segundo piso de la institución, el espectador va a atravesar oscuridades y luminosidades acompañado de efectos sonoros, generalmente perturbadores, provenientes de diferentes ámbitos.
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Los artistas convocados apelaron a diversas técnicas, fotografías, instalaciones, videos, técnicas mixtas, dibujos, para encarar, en algunos casos, una crítica hacia el exceso de luminosidad, metafóricamente hablando, y al exceso de imágenes que nos invade. En el primer piso se destacan "Sin lugar para esconderse", de Ali Chen: una especie de nube de papel iluminada desde su interior y una pequeña figura que intenta penetrar en ella parece suspendida en la más profunda oscuridad. Ana Gallardo, siempre comprometida con un tema como el de la vejez, presenta "Mariani", video performance perteneciente a su Proyecto Escuela de Envejecer: la artista junto a una persona no vidente toma ese papel y juntas hacen arte. Alfio Demestre enfatiza lo ritual a través de una máscara que parece emerger de la oscuridad, y es la iluminación lo que le da un carácter espectral enfatizado por un fondo lumínico con sombras que giran. Andrés Pasinovich realizó un video monocanal de unos vitrales pertenecientes a una capilla de Tigre a los que obturó con pintura negra, trastocando precisamente su razón de ser.
"Léxico familiar" es una instalación de una blancura enceguecedora, fragmentos escultóricos atravesados o enmarcados por varillas de metal color bronce de Verónica Romano. Los "Tres deseos" de Rosalba Mirabella es una excelente instalación: unas varas en hierro en círculo coronadas por unas pequeñas figuritas iluminadas intermitentemente en una densa oscuridad, también de carácter ritual. Las misteriosas fotografías de Ignacio Iasparra con su efecto de contraluz, los dibujos con humo de vela de Pablo Lapadula, los trabajos en grafito realizados in situ en una suerte de nebulosa atmosférica de Matías Ercole confirman una vez más el lugar destacado que ocupan en nuestro panorama plástico actual.
En el segundo piso interesan "Paisaje morfina" de José Luis Landet, que sigue desarrollando la serie que exhibió en Fundación Klemm con cuadros de pintores desconocidos, algunos obturados con pintura negra, los bustos de Karl Marx en un laberinto de bastidores. Un video de Florencia Rodríguez Giles es el registro de una performance con mujeres enmascaradas que desarrollan su destreza física y se desplazan en una zona de la ciudad, obra que no conecta con el proyecto curatorial. Hay un conjunto de lápidas con graffiti de Carlos Huffman, autor también de la obra de la planta baja, un gran círculo con los colores del arco iris, como un gran opuesto al propósito de la muestra. Dolores Cáceres sumerge en la luminosidad de unos tubos de neón que acompañan antónimos: natural-artificial, culpable-inocente, libre-esclavo, patria-muerte. El desplazamiento está salpicado por un destello que devuelve cierta esperanza. Clausura el 20 de agosto. Riobamba 985. Entrada libre y gratuita.
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