Ser ministro de Información de Siria es como serlo de Marina en Bolivia. En el último viaje de un presidente argentino a Siria (Carlos Menem), un grupo de periodistas se interesó en el lugar que ocuparían en el salón del palacio presidencial en el cual se firmaría un acuerdo con el entonces presidente Hafez al-Assad. El encargado de la prensa oficial de ese país preguntó para qué querían estar allí los periodistas porque en su país esa etnia no tenía ingreso jamás al palacio presidencial. «Queremos hacer notas, sacar fotos, preguntar después del acto a los presidentes». «¿Para qué?», insistió el vocero presidencial. «Acá les damos las notas y las fotos a los diarios con todo lo que hay que decir. ¿Qué tiene que hacer un periodista en el palacio?». Tuvo que intervenir el propio Menem para que la prensa pudiera ingresar al acto.
Por éstas u otras razones Siria figura en todos los récords de prensa internacional entre los países donde no hay libertad de expresión. Rige allí la censura previa, el Gobierno y el partido gobernante Baas son propietarios de la mayoría de los diarios, y las radios no pueden pasar información; también hay control de internet, servicio que tiene apenas el 10% de la población.
Hoy Cristina de Kirchner y el canciller Jorge Taiana recibirán en sus despachos al ministro de Información de Siria, Mohsen Bilal, un hombre que vivió en la Argentina en los años 80 y que, acorde con las funciones frente a esa enfermedad occidental que es el periodismo, es médico.
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