26 de agosto 2016 - 00:00

Un soliloquio a la medida de la exquisita Marilú Marini

Acompañada por Ignacio Monna, quien presta su voz y carisma a una selección de temas románticos, y el pianista Diego Penelas, la gran actriz seduce con el discurso de una madre que espera con ansia la llegada de su hijo.

Marini. Da vida a una señora de barrio en cuya mente conviven la gracia popular, el ensueño lírico y el desencanto conyugal, entre otras cosas.
Marini. Da vida a una señora de barrio en cuya mente conviven la gracia popular, el ensueño lírico y el desencanto conyugal, entre otras cosas.
Poético y musical, este nuevo espectáculo de Alejandro Tantanián fue escrito especialmente para la gran actriz Marilú Marini, quien desde hace varias décadas seduce por igual tanto al público francés como al argentino.

El texto de Santiago Loza (un experto en soliloquios femeninos donde la vida cotidiana bordea el misticismo) se sumerge en el discurso amoroso de una madre edípica que espera con ansia la llegada de su hijo, al que no ve desde hace mucho tiempo.

En esta suerte de antesala, la mujer revive los dulces momentos del ayer y desanuda sus propias culpas y errores estimulada por el inminente reencuentro. Martín vendrá de visita, desde los Estados Unidos, acompañado por Robert, su novio afroamericano. Gran oportunidad para que la madre inicie su camino de expiación con una comida familiar.

Es una escena de regocijante teatralidad y el público estalla en carcajadas cada vez que la protagonista se dirige a Robert con un inglés estrafalario digno de Catita o cuando le da voz a Claudio, el marido tosco y cascarrabias.

En la mente de esta señora de barrio -cuyo hogar es una refinada síntesis de diseños de otras décadas- conviven la gracia popular, el ensueño lírico, el desencanto conyugal y un obsesivo relevamiento de hechos casi nimios de la cotidianeidad (la rotura del cepillo de dientes; el hallazgo de una medalla perdida bajo un mueble) que ella lee como augurios o convierte en talismanes.

De los demás personajes, el único con presencia propia es Martín, quien en las fantasías de su madre sólo le canta canciones de amor. Es un rol al que Ignacio Monna le presta su deliciosa voz y su carisma. La selección de temas románticos se disfruta, con sus letras oportunas y los buenos arreglos de Diego Penelas, también al piano.

En una obra donde a veces las palabras pueden encandilar con sus preciosos destellos, se requiere de una gran intérprete que las rescate de su autonomía poética y encarne en ellas. Y esta actriz lo consigue con creces. También es mérito del director que supo valorizar los recursos y habilidades de sus intérpretes y darle a este material un atractivo marco escénico en donde la emoción es lo que prevalece.

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