4 de agosto 2014 - 00:00

Una brisa sorprendió a Wall St.: acciones con techo (y sin piso)

¿Qué fuerza de la naturaleza volteó a la Bolsa? ¿Qué le dobló el brazo, por fin, después de tanto tiempo incólume? Lo que no pudieron el Sell in May, los misiles de la geopolítica ni los comentarios agoreros se consumó entre jueves y viernes sin causa aparente. Todo el vuelo que había remontado el Dow Jones Industrial en el año, por caso, se perdió en el accidente. El S&P500 que supo adquirir más altura, cedió el 2,7% en la semana, y aún retiene un avance no despreciable (en el mundo de las tasas cero) del 4,1%. Es extraño que haya sorpresa -porque el escepticismo campea y el pasaje abrochó hace tiempo sus cinturones- pero es así. Si bien las turbulencias son a Wall Street lo que las piedras al camino, el nerviosismo, esta vez, dejó sus huellas en el cardiograma del índice de volatilidad que pegó un salto, sin preaviso, del 30%. Una caída de las acciones del 2% en una rueda no ocurría desde abril. Pero el fenómeno preocupante fue que, a la par, también cayeron los bonos largos y la tasa de diez años -en el 2,58% - les recordó a todos que, en caso de necesidad, le sobra paño para seguir trepando. Como dijo el exmaestro Alan Greenspan: se sabrá si hay burbuja o no, cuando la Fed mude la partitura y las tasas comiencen a subir.

No fue un misil ni un tornado, fue una brisa lo que desarregló la apostura de Wall Street. Y la alergia que consignó Greenspan. La expansión cuantitativa -el QE3- se agota, las compras de bonos que acrecientan la cartera del banco central cesarán en noviembre y lo que se abre después es un mar incógnito. No se sabe si es un océano o un paso estrecho de aguas convulsas y ardua maniobra. La tesis Bernanke/Dudley, Yellen, los propios comunicados oficiales avisan que no habrá una encerrona, que la suba de tasas no procederá de inmediato y será acotada. La idea de la nueva normalidad deprimió a la tasa larga más allá de lo que nadie imaginaba. Pero ahora que los tiempos se acortan, el nerviosismo asoma. Como siempre.

El golpe que zarandeó a Wall Street fue un uno-dos. El lenguaje remozado del comunicado de la Fed, en línea con una economía más fluida, y un dato del informe de costos laborales, que reveló un fuerte repunte entre abril y junio. Conviene entender que el principal temor a la política monetaria no es Yellen y su prédica; es que se equivoque y deba apretar las clavijas antes y más de lo pensado. Yellen es amigable, pero quizás la realidad no lo sea tanto. De ahí que los últimos meses toda la información sobre precios y salarios se mira con una lupa especial. Y el salto del 0,7% en el costo trimestral de empleo, la verdad, es que se nota a simple vista. Comprobar que un disidente -Charles Plosser- emerge de la reunión de la Fed y ataca la noción oficial de que luego del "tapering" no habrá apuro en comenzar la iza de tasas, es darle chocolate a la urticaria. ¿La Fed corre detrás de los acontecimientos, como insinúa Plosser? De ser así, acciones y bonos estarían en flagrante posición offside.

La realidad, sin embargo, está más cerca de Yellen que de los temores. Si se examina el costo laboral, por caso, se detectan dos saltos consecutivos aberrantes, pero en las antípodas. La variabilidad extrema de la meteorología parece mejor explicación que cualquier otro desborde. Los números del deflactor del gasto de consumo, el indicador favorito de inflación de la Fed mantienen la luz verde encendida. La economía se afirma, y vamos rumbo a la suba de tasas en 2015, pero no antes, ni tironeados de los pelos. Que un halcón como Richard Fisher vote con el consenso de la Fed sugiere también que el consenso puede estar virando hacia un ajuste en el primer trimestre del año próximo. Nada que pueda afectar demasiado a la Bolsa. Ya señalamos su fatiga, y ahora se expone su debilidad ante un malentendido; en ese marco permeable la hipótesis de un mercado lateral luce aún más atractiva. Con techo en los récords recientes y un piso que habrá que descubrir en las próximas jornadas.

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