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Una Carmen atada a sus fantasmas
La actuación de Gaby Ferrero es excepcional: fluye de un estado a otro desplegando una rica partitura de gestos, emociones y movimientos
En un diario íntimo se registran hechos, pensamientos y opiniones que además de obedecer a un gesto catártico tienen cierta pretensión autobiográfica. En la era del blog y del twitter cuesta pensar a este género como una actividad para solitarios; pero allí está Carmen, aislada en su casa como un Robinson Crusoe en estado de alucinación, negándose a aceptar su naufragio vital y recitando párrafos de su diario personal.
La protagonista lucha contra sus propias anotaciones, las repite como un mantra, o bien, intenta transformarlas en una suerte de pantomima de orden hogareño frente al caos del mundo. Para ella la vida es una temible hoja en blanco a la que hay que llenar rápidamente de cosas que hagan bien y olvidar el resto. Pero aunque sólo quiera tener en cuenta lo que ha escrito («Afuera hay tanto que nunca llegaría a escribirlo todo»), su estrategia está condenada al fracaso.
Encerrada como una muñeca en su caja de cartón (el floreado de su ropa coincide con el de las paredes) Carmen utiliza los objetos como si fueran de juguete (hasta el teléfono es puro simulacro). Su obsesión por los detalles nimios y la reiteración de comentarios breves que ocultan más de lo que informan no es más que un desesperado intento de acallar algunos recuerdos que la atormentan (un viejo accidentado en la calle, la desaparición del gato).
Carmen adorna con sus gestos esta escritura fragmentaria empujada hacia la oralidad. Por momentos balbucea sus anécdotas, en otros las actúa con criterio musical o les da forma de diálogo valiéndose de un modesto partenaire llamado Juan (papel a cargo de Mauricio Minetti), un hombre parco, quizás un fantasma del pasado, que se aviene al juego con docilidad de títere.
La actuación de Gaby Ferrero es excepcional, fluye de un estado a otro desplegando una rica partitura de gestos, emociones y movimientos. Aun así, la pieza de Luis Cano no termina de despegarse de su impronta literaria. Dicho rasgo no es un obstáculo para determinado tipo de público, pero quizás otros espectadores deban hacer un gran esfuerzo de concentración para no perderse los pormenores de un testimonio que sólo adquiere relieve dramático gracias a la notable expresividad de su protagonista.


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