1 de abril 2009 - 01:51

Una herencia dispersa y en crisis

En octubre pasado, al cumplirse 25 años de su victoria, Raúl Alfonsín fue homenajeado en Casa Rosada donde se colocó su busto.
En octubre pasado, al cumplirse 25 años de su victoria, Raúl Alfonsín fue homenajeado en Casa Rosada donde se colocó su busto.
Con sus gambetas impredecibles, el azar quiso que Raúl Alfonsín falleciera tres horas y media antes de que la UCR bonaerense, su cuna política, agote los plazos para sumergirse, entre sacudones, en otra interna partidaria; una más en una secuencia casi infinita.

Pudo, de algún modo, ser un homenaje. Apasionado de la vida partidaria, ferviente defensor de la democracia interna, Alfonsín nunca se despegó de los vaivenes del radicalismo de la provincia, donde dejó, más que en ningún otro territorio, múltiples herederos.

Anoche, a las 24, debían inscribirse las boletas para la primaria del 19 de abril donde se elegirán los candidatos que luego competirán en la general. Pero sobre el atardecer, cuando se perfilaba un desenlace inminente, ese cronograma quedó en stand-by.

Sin embargo, nada -ni su nombre, ni su invocación- había permitido, hasta esa hora, que las tribus internas del radicalismo logren atar un acuerdo para sembrar, aun con fórceps, la semilla para alumbrar el renacimiento del panradicalismo.

Es más: de esa disputa, que en estas horas huele desproporcionada, anacrónica, participan dos de sus herederos, Federico Storani y Leopoldo Moreau, y su hijo Ricardo. Encarnan, los tres, la generación que despertó a la política a principios de los 80 y aterrizó, temprano, en el Gobierno.

Ninguno de ellos, como tampoco otros -desde Enrique «Coti» Nosiglia hasta Juan Manuel Casella, por citar dos casos-, logró desprenderse de su jefatura aunque algunos, entre ellos Storani y Margarita Stolbizer, hasta se animaron a desafiarlo en internas.

Fue, sin embargo, su primera debilidad. Un paso accidentado de Alejandro Armendáriz como gobernador, cuando comenzaba la debacle del proceso radical que floreció en el 83, aceleró la vulnerabilidad cuando, en el 87, Casella perdió con Antonio Cafiero la gobernación.

Así y todo, durante las últimas dos décadas, la UCR bonaerense fue sinómino de alfonsinismo. Todos los diseños, aun los críticos, tenían como guía o espejo al ex presidente que tuvo como última escala política el cargo de delegado de la provincial al Comité Nacional.

Antes, como recurso desesperado, como salvación fallida, se animó a volver a la competencia en 2001 como senador contra Eduardo Duhalde.

Su último aporte, pocos días atrás, fue pedir un acercamiento entre las diferentes expresiones del radicalismo. Un mensaje para Elisa Carrió y Julio Cobos, alejados del partido, aunque el mendocino estaba a pocas horas de firmar su regreso. No pudo verlo.

Es más: en estas horas, su cuna política se retuerce en una disputa entre cuatro actores mientras, fuera de la UCR, se mueven otros dirigentes, encabezados por Stolbizer -que ayer suspendió un acto en La Plata- como parte de la Coalición Cívica (CC).

Esa dispersión, todo un estigma, acompañó la época final de Alfonsín que apenas pudo detectar algunos indicios, intenciones tenues y apagadas, de la búsqueda de una recomposición que devuelva a la UCR el brillo y la potencia de tiempos mejores, pero lejanos.

¿Detrás del luto brotará, como legado, un renacer? Las crisis escalonadas, las disputas inagotables, los personalismos siempre vigentes opacan esa perspectiva.

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