Una polifacética orden de moralistas y narcos

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Madrid - En su extenso manifiesto publicado en internet, el autor de los atentados de Oslo se define como «caballero templario» y asegura que la legendaria orden militar -hasta hoy envuelta en un halo de misterio- fue refundada hace apenas nueve años en Londres con el fin de acabar con el islam en Europa.

Pasados siete siglos de la disolución de la Orden del Temple, sus autoproclamados sucesores se cuentan por cientos, más allá del noruego Anders Behring Breivik. Y sus fines son de lo más diverso: en la actualidad se llaman templarios desde organizaciones caritativas hasta sectas religiosas y bandas criminales.

El Vaticano contabiliza más 400 organizaciones de toda índole inspiradas en los monjes guerreros medievales, una lista que sigue incrementándose, como por ejemplo este año con el sanguinario cártel de Los Caballeros Templarios en México. Mientras, leyendas y teorías conspirativas en torno de la desaparecida orden continúan dando vida a novelas y films de éxito como «El péndulo de Foucault», de Umberto Eco, o «El Código Da Vinci» de Dan Brown.

La orden original se remonta al final de la primera cruzada (1096-1099), que expulsó a los turcos de Jerusalén. Nueve cruzados franceses encabezados por Hugo de Payens decidieron permanecer en la ciudad para defender a los cristianos. Los monjes guerreros fundaron su orden en 1118 y establecieron su central en las ruinas del destruido templo judío, de donde reciben su nombre.

Con el paso del tiempo reclutaron adeptos en Francia y en toda Europa y acumularon cuantiosas riquezas, llegando a convertirse en la orden más poderosa de la Cristiandad. Debido a su fama de buenos administradores y banqueros, incluso reyes europeos les encomendaban sus fortunas y les pedían préstamos.

Pero justo eso se convirtió en su perdición. Ante la ingente deuda contraída por su familia, Felipe IV «el Hermoso» decidió acabar con los templarios, acusándolos de sacrilegio, herejía y sodomía. El viernes 13 de octubre de 1307, soldados irrumpieron en las casas de la orden en Francia y detuvieron a 140 monjes. De aquello surgió la superstición de considerar los viernes 13 como de mala suerte.

Ante las torturas, muchos templarios terminaron declarándose culpables y fueron quemados vivos después de un largo proceso, entre ellos el gran maestro de la orden Jacques de Molay en 1314, cuando se disolvió la orden. Una leyenda dice que, camino de la hoguera, maldijo al rey y al Papa, quienes murieron a los pocos meses.

En su manifiesto «2083: Una declaración europea de independencia», Breivik colocó en la portada el escudo de los templarios, una cruz roja sobre fondo blanco. El subtítulo del documento de 1.500 páginas es «Alabanza de la Nueva Milicia de los Caballeros Pobres del Templo de Salomón», el nombre original de la orden de los cruzados.

Al igual que los templarios, también la supuesta orden de Breivik habría sido fundada por nueve «caballeros», cuyos nombres omite.

Breivik, como «comandante» templario, se siente llamado a limpiar Europa de musulmanes y preservar la cultura europea, y considera que, para ello, lo primero es «eliminar las doctrinas políticas multiculturalistas y marxistas».

En una alusión a las raíces de los templarios, Breivik insta también a destruir las monumentales mezquitas de Al Aqsa y Al Quds en Jerusalén y reconstruir el templo de Salomón, que se levantaba en el lugar.

También el cártel de los templarios en el estado mexicano de Michoacán mantiene una cruzada moderna contra los «infieles» y ve su misión, según dice, en defender a los débiles de asesinos, secuestradores y extorsionadores, además de evitar la entrada de grupos rivales en su territorio.

Una semana después de su creación en marzo, dos hombres aparecieron ahorcados en puentes y con un cartel en el que se leía: «Lo matamos por bandido y secuestrador. Atentamente Los Caballeros Templarios». Desde entonces se les han atribuido decenas de muertes, lo que ha llevado a otros grupos templarios en México a cambiarse el nombre para no ser confundidos.

También algunas corrientes masónicas dicen descender de los templarios, así como numerosas hermandades católicas, sobre todo dedicadas a obras de caridad, si bien la Santa Sede no reconoce a ninguna como sucesora legítima de la orden de Hugo de Payens.

Agencia DPA

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