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Vargas Llosa se distrajo con economistas en los pagos de Areco
• Charló, sin agenda, con cien invitados a cumbre conservadora.
• Bailó y comió asado.
• Hoy, a Salta con Urtubey
Habló de política (en la foto, con el senador mendocino Carlos Aguinaga) y probó el lomo. Hoy se va a Salta a pasar la Pascua.
El novelista cerró el último día dedicado a los conservadores de un puñado de organizaciones que lo trajo al país participando de un extravagante día de campo en los pagos de Areco, rodeado de extranjeros maravillados, como él, por las destrezas de sortija y también por el menú de lomo a la parrilla que les sirvió el matrimonio que maneja ese campo. No se animaron los anfitriones a darles alguna otra delicia más criolla, y por eso más dura al diente; el lomo no falla, la costilla es traicionera, mejor no exponer los dientes del centenar de amigos del mercado libre que acompañaron al escritor en ese privilegio que fue dialogar con él durante más de una hora, preguntar y repreguntar sobre todos los temas.
El privilegio fue de apenas un grupo pequeño de argentinos -los organizadores de la Sociedad Mont Pelerin, y el senador mendocino Juan Carlos Aguinaga como exclusiva representación política.
Imposible hacer una crónica de lo vivido allí sin pensar que lo escribirá pronto y mejor el protagonista de la jornada, que cumplió con el mandato que se impuso de evitar provocaciones. Le preguntaron sobre la polémica de su participación en la Feria del Libro: «No vengo a hablar de política pequeña», despejó con elegancia.
Dijo preferir los temas de principio y las cuestiones globales, que es donde terminan anegadas esas pequeñeces de la política. Se instaló en una mesa del salón principal del casco de Los Patricios -un establecimiento de 1890 que con los años se fue reduciendo a un minifundio dedicado hoy casi exclusivamente a recibir contingentes de turistas-. Reclamó que le preguntaran de cualquier tema mientras el auditorio se abalanzaba sobre los cortes de lomo, algo de pollo acompañado por un vino premoderno de la casa López -se desquitará este fin de semana Vargas cuando le hagan probar los mejores caldos de Salta- donde está invitado a pasar varios días en la residencia del gobernador local, Juan Manuel Urtubey. Sólo puso una condición: que le preguntaran con humor.
El primero que se animó acató la consigna: quiso saber por qué en su casa de Madrid tiene una colección de hipopótamos de todo color, tamaño y procedencia (estatuillas, se entiende). Con ese tono seductor con el que paladea los hallazgos, respondió Vargas que considera que ese animal es admirable: «Puede avanzar con el tamaño que tiene sobre cualquier cosa, sin impedimento alguno». Además, remató, el hipopótamo cumple mejor que cualquier otro, incluyendo a los humanos, la consigna hippie de «Hagamos el amor, no la guerra. ¡Habría que imitarlos!», cerró levantando la primera carcajada del día.
Como en todas sus intervenciones le preguntaron por el futuro del Perú, cautivo de un balotaje -en sus palabras- entre el sida y el cáncer. Quien habló le reprochó que se haya declarado en apoyo del poschavista Ollanta Humala en su pelea con la hija de Fujimori. Confirmó la opción: el triunfo de ésta sería el regreso del peor régimen que vivió su país, con un presidente que robó, violó los derechos humanos y destruyó el sistema político que le permitió llegar al poder. «Fui un seguidor, hace muchos años, de Sartre, y aprendí de él que siempre, aun en los peores casos, se puede optar por un bien mejor».
Además agrega cuando explica esta posición: «Prefiero creerle a este Humala, que dice que es más Lula que Chávez, y no al que fue antes. Y si gana y no toma el camino correcto, lo criticaré públicamente y lo tendremos que combatir como lo hemos hecho ante otras dictaduras».
No tranquiliza a sus críticos -y de Humala- cuando Vargas Llosa da estas razones; ha ocurrido esta semana cuando habló en la cumbre de organizaciones conservadoras -liberistas en economía- poblada por asistentes que en el pasado, mayoritariamente, fueron admiradores del ciclo Fujimori en el Perú; desconocían, dirán, las atrocidades que se revelaron después de su salida del poder. De paso: le explicó alguien a Vargas Llosa por qué en la Argentina los conservadores quieren -»por mor» de la economía- acaparar el lema «liberalismo».
Si hay algo que maneja este invitado de privilegio es el escenario: levantó al auditorio que masticaba sin mucha convicción sus argumentos peruanos en dos respuestas brillantes. La primera le dio pie para exaltar la figura de Jorge Luis Borges. «La Academia de Suecia se equivocó al no darle el Premio Nobel», repitió con los mismos términos que usó el día que se lo dieron a él.
Con tanto turista, le preguntaron si se sentía peruano o europeo. «Soy peruano porque nací en el Perú y viví allí durante mi adolescencia. Pero también me siento español, y francés, e inglés, porque también he vivido allí, me formé en Francia e Inglaterra. Soy de cada país de Europa porque prácticamente cada uno, en algún momento, hizo florecer en mí alguna idea que floreció después en mi obra». Esta respuesta encantadora por lo abarcativo -y sobre la cual podría argumentar Vargas Llosa con multitud de ejemplos- terminó de seducir al auditorio.
Lo dejaron comer un poco pero arrancó el baile, forzado ingrediente del menú de los Brané. Hubo guitarras con milongas, gatos y alguna chacarera. Lo animaron a salir a bailar una zamba, previa advertencia de que ese ritmo no tiene coreografía y que se puede afrontar desde la improvisación. Bailó con una de las chinitas del cuerpo de Los Nocheros y arrastró al ruedo a su hijo Álvaro y a otros acompañantes, entre ellos el expresidente de Bolivia Jorge «Tuto» Quiroga, que no se despega del novelista ni un instante.
El regreso, a la hora de la siesta, fue en dos colectivos en donde los invitados quedaron igualados por el sopor, la molicie y los vahos de la casa López. En Areco hubieran dicho que se fueron como quien se desangra.
Habrá hoy más argentinidad para el visitante. Tiene que pasar el puente escabroso de su charla en la Feria del Libro. Insistió en que no espera incidentes en un país en el cual - como recordó Eduardo Duhalde- han declinado los escraches desde la desaparición de Néstor Kirchner. Tampoco le ha molestado que los escritores argentinos invitados a compartir un cóctel el martes se negasen en masa a concurrir, con la excepción de Marcos Aguinis y esa pluma de ficción que Vargas dice haber descubierto en Ricardo López Murphy: «Lo que cuenta de la economía de nuestros países», ríe sobre lo que le escuchó en una conferencia esta semana, «no pertenece al género de la política o de la economía sino de la mejor ficción narrativa». (Con esa frase metió al exministro en la historia de la literatura).
El piquete transeúnte que pasó a la tarde por el Sheraton no lo intimidó: pidió la cartelera de cine porque quería ver alguno de los estrenos de Buenos Aires. Hoy se sumirá en su oficio primario de escribidor: tiene compromisos con sus editores y mañana parte a conocer otra viñeta criolla, la de Salta y los Valles Calchaquíes. Lo suben a un avión con su hijo; el cubano Carlos Alberto Montaner y el infaltable «Tuto» Quiroga, además de algún chaperón criollo. «Siempre quise conocer Salta», había dicho al llegar. Lo escuchó uno de los organizadores que llamó en el instante al reelecto Urtubey. «Vargas Llosa quiere conocer Salta». «Traémelo a casa». ¿Apresurado este gobernador que se aparta de la disciplina crítica hacia el peruano? Se honra él y a su provincia y tiene una oportunidad para juguetear con las diferencias. Y de paso, para Moyano que lo mira por TV.


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