27 de abril 2010 - 00:00

Vergara: arte actual con principios surrealistas

Las pequeñas pinturas de la muestra de Diego Vergara «La existencia está en otra parte» (título tomado de la culminación del manifiesto surrealista de André Breton), conforman un jardín ajeno a las contingencias prosaicas de la vida.
Las pequeñas pinturas de la muestra de Diego Vergara «La existencia está en otra parte» (título tomado de la culminación del manifiesto surrealista de André Breton), conforman un jardín ajeno a las contingencias prosaicas de la vida.
El joven artista santafesino Diego Vergara presenta en estos días su primera muestra individual en Buenos Aires, en la galería Dabbah Torrejón de Palermo. Las pinturas de Vergara ostentan la brevedad del formato burgués, pero las discretas dimensiones de los cuadros contrastan con el derroche de fantasía de sus paisajes, que parecen surgidos de un sueño. Desde el título de la exposición, «La existencia está en otra parte», tomado de la culminación del manifiesto surrealista de André Breton, el conjunto de las obras expresa la ambición de forjar un destino excepcional, en el sentido más amplio del término.

Para los artistas del interior del país no resulta fácil llevar adelante una carrera que demanda algo más que talento. Vergara, egresado de la Facultad de Humanidades y Arte de la Universidad de Rosario en el año 2004, demuestra que, a pesar del gran obstáculo que constituye la precariedad del mercado provincial, sumado a la falta de becas e incentivos, ha logrado vivir de sus pinturas.

En San Lorenzo, una población cercana a la gran metrópoli que es Rosario, hay momentos en que el deseo de trascender la trivialidad cotidiana se vuelve tan denso como la atmósfera de una jornada sofocante. Es entonces, cuando el deseo se torna poderoso, que los sueños se confunden con la realidad. En ese territorio impreciso de la conciencia, y en cierto modo fantástico, sin dejar de ser real, la obra de arte se convierte en el más eficiente vehículo para la ilusión.

Así, en las pequeñas pinturas de Vergara nació un jardín ajeno a las contingencias prosaicas que nos entretienen en la vida, cargado de frutos que rebasan la dimensión habitual. El crecimiento excesivo de la naturaleza genera extrañamiento. Sin embargo, el artista no pretende perturbar al espectador y, cuando los frutos se tornan voluptuosos, cubre pudorosamente el exceso con bellísimos mantos de colores, con unos paños que parecen escapados de las pinturas flamencas. La desmesura no debería alterar el sosiego de esos paisajes, ni su tranquilo aislamiento. En los bosques verde- azulados como los de Fragonard, donde las formas se perciben con especial nitidez, domina la calma; la delicada apariencia, apenas si se ve interrumpida por unos pájaros de colores radiantes.

Ante los ojos de los burgueses que -sin duda-, no consideran el arte como el mejor menester, ocurren cosas extraordinarias. Cuando el peso de uno de los frutos amenazó con desgajar una rama, Vergara decidió apuntalarlo con postes de colores; luego, pintó un árbol que al atardecer se recuesta sobre la inmensidad de un fruto. Nada se sabe sobre los pobladores de ese lugar ideal, sólo es posible rastrear su existencia a través de los parasoles y los almohadones abandonados con indolencia, en un valle donde se pasea el pavo real. Todo resulta extremadamente calmo, pero de repente, en una de las pinturas, todo parece desbordarse: centenares de frutos amarrillos, rojos, naranjas, se han desprendido de los árboles y tapizan el suelo y flotan sobre las aguas de un lago. La sola idea de creer que un fenómeno semejante pueda ocurrir, resulta subversiva.

¿Crecerán rosas azules este verano? escribe Breton al fin de su manifiesto, después de haber librado una batalla para sacar a luz las cuestiones poéticas, filosóficas y espirituales, que aparecen cuando se mira el mundo con la debida intensidad. La «magia» de la pintura es un rito que se renueva en lugares y tiempos distantes como San Lorenzo.

En el Salón Nacional de Rosario de 2008, Vergara presentó «Me has robado el corazón». La pintura ostenta el estilo de las ilustraciones enciclopédicas y muestra dos nutrias enfrentadas; una de ellas tiene entre sus fauces el corazón que -literalmente- a dentelladas, le arrancó a la otra.

¿Será -como agrega Breton en su manifiesto-, que «vivir y dejar vivir son soluciones imaginarias»? Hoy, la contemporaneidad de la obra de Vergara tiene la dimensión de su pequeño y acotado paraíso privado; la magnitud de una lucha casi imperceptible, pero firme y continuada a la vez, acaso la única que cabe en la sociedad actual, para defender sus comarcas, y el mayor de los tesoros: la capacidad de imaginar.

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