2 de abril 2009 - 00:00

Volver a empezar

Volver a empezar
Nadie puede asegurar qué efectos secundarios trae una derrota y mucho menos si la inmediatez de la caída todavía está a flor de piel, y menos cuando es por goleada con ribetes para quedar grabada en la historia.
Lo que sí es obvio es que será un antes y un después del partido en La Paz del 1 de abril de 2009. Lo sabemos todos, los hinchas, que cuestionarán o apoyarán incondicionalmente a Maradona al frente del equipo, los periodistas, que debemos y tenemos la posibilidad de un análisis profundo, sin que esto signifique ser despiadado, los jugadores, que como lo dijo el mismo Mascherano «si sabemos capitalizar esta derrota, podemos fortalecernos aún más como grupo» y por encima de todo eso, la conclusión que saque Diego, que al ratito nomás del final del partido reconoció al justo ganador.
Una advertencia para los amantes de las catástrofes. El proyecto de Maradona seleccionador sigue adelante, más firme que nunca, no sólo por su convencimiento, sino también porque a nadie se le cruza por la cabeza cambiar el rumbo de este barco.
Alguna vez, el colombiano Hernán Bolillo Gómez acababa de perder con Argentina un partido de Copa América y dijo: «Éste es un resultado saca técnicos», al otro día renunció. Aquella derrota fue 6 a 1. Diego sigue, que nadie lo dude.
* * *
Al término del primer tiempo, las llegadas al arco de Carrizo llegaban a diecisiete, con tres goles marcados, con tiro en el travesaño incluido y hasta con un par de tantos perdidos debajo del arco. Increíblemente, en uno de los dos tiros de afuera del área que ejecutó Argentina Lucho González puso el empate a los 24 con la complicidad del arquero local.
Esa primera mitad dejó conclusiones contundentes: Carrizo, figura por escándalo; padecimientos notorios de la altura (Papa al comienzo y Mascherano, los casos más notorios); y, por encima de todo, sin recursos para ejecutar un Plan B, desde lo táctico. 

Dio la sensación de que se armó un equipo para manejar la pelota durante gran parte de los noventa minutos, pero no se llegaron a sumar ni siquiera cinco minutos de posesión de balón y por lógica causa, en ningún pasaje del partido Argentina controló ni tibiamente a Bolivia.
Con este panorama, con un entretiempo que la mayor ilusión que generó fue que lo peor ya había pasado, la realidad golpeó certera y precisamente como para dejar al equipo sin reacción. Por el cuarto gol de Joaquín Botero, en su tarde inolvidable por los tres goles que marcó y por haber sido uno de los puntos máximos de un conjunto boliviano desconocido, por el alto volumen de juego que mostró, ante el letargo celeste y blanco. Entró Di María fresco, se fue expulsado tontamente seis minutos después. Se generó desorden, sobre todo en la parte ofensiva, donde Gago (el que más respuestas le dio a la altura) intentaba ser enganche, donde Messi carecía de la lucidez de siempre y así y todo inquietó (en la primera mitad, Arias le tapó un mano a mano que hubiese servido para el empate), y casi que cada uno logró tener una jugada heroica que nadie pudo conseguir.
Quedará impregnado en las retinas de cada uno de los presentes en el Siles Suazo el cartel electrónico que rezaba «Bolivia 6 -Argentina 1».
Así, sin anestesia. A cada argentino que lo siguió, sea como sea, se le cruzó el 0 a 5 de Colombia y hasta a los más veteranos les cayó la ficha del Mundial del 58, que quedó en la historia como el «Desastre de Suecia», por haber caído por 6 a 1 con la selección checoslovaca. Sea diferente, parecido o exactamente igual, esta derrota duele mucho, es una herida profunda y con una cicatrización que llevará un tiempo largo.

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