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Volvió Cristina con doble agenda: Malvinas y desafío a petroleras
Elenco completo para el regreso de Cristina de Kirchner a la Casa Rosada: se rodeó de Florencio Randazzo, Julián Domínguez, Amado Boudou, Beatriz Rojkés, Juan Manuel Abal Medina y Julio De Vido, en el escenario principal. Carlos Kunkel y Guillermo Moreno festejaron a la salida.
Habló más de una hora y repasó, tras un silencio de casi un mes, los «hashtag» centrales de la política, Metódica, ordenó su discurso por anillos: lo exterior -Malvinas-, lo doméstico -subsidios y disputa con petroleras- y, al cierre, en tono intimista, lo personal.
Sonriente y coloquial, bromeó sobre el hipercontrol K a Amado Boudou, jugó con el equívoco sobre las cifras del desempleo y les dedicó, al pasar, parrafadas mordaces a la oposición y a la prensa. «Volvió recargada», decían anoche expertos del lugar común, en Casa Rosada.
Un solo anuncio: la desclasificación del Informe Rattenbach que radiografió el desempeño logístico y militar en la Guerra de Malvinas. Su validez es relativa: ese texto, elaborado bajo la tutela del general (R) Benjamín Rattenbach, se conoce hace décadas (ver aparte).
Tiene, en todo caso, valor simbólico. Y fue el recurso para desmontar, ante las afiebradas especulaciones bélicas, cualquier atisbo que no sea diplomático. La Presidente negó, en esa línea, que explore medidas drásticas, como impedir los vuelos a las islas.
La cuestión Malvinas concentró el foco del regreso. Con dureza, Cristina rechazó la acusación de colonialismo hecha por el premier británico, David Cameron, confirmó que profundizará la política de recolección de apoyos y reiteró el pedido de discutir la soberanía.
«Escuché que nos trataban de colonialistas a los argentinos», dijo, y admitió la «tentación de contestar», pero, agregó, «hay que evitarlo, porque cuando se dicen esas cosas es por que no se tienen razones ni argumentos». Luego, contradictoria, eslabonó varias refutaciones.
Fue en ese contexto en que mencionó la orden al ministro de Defensa, Arturo Puricelli, para desclasificar el informe Rattenbach y se zambulló en zona de penumbras: cuestionó que ninguna ONG ambientalista protestó por la «depredación» inglesa en Malvinas.
«Me gustaría que con la misma fuerza y sentimiento que defienden tantas causas nobles defendieran esto», dijo y manoteó un ejemplo frívolo: «Me encanta que defiendan a la ballenas porque son divinas, pero también que defiendan a los calamares y a las otras especies que están depredando».
El asunto es otro: el conflicto por la minería a cielo abierto en Famatina que detonó una rebelión. El riojano Luis Beder Herrara, defensor de esa explotación, integró el malón de gobernadores que ayer desfiló por el besamanos de la Casa Rosada que mantiene un críptico silencio.
-»De Boudou decían que no iba a poder gobernar, que Zannini le iba a cerrar la puerta. ¿Vieron?, firmó 157 decretos. Algunos importantes».
Dos veces, Cristina visitó ese comentario: tanta aclaración sonó excesiva, pero, en sus modos ambiguos, puede leerse también como una advertencia al sector ultra-K que bombardea al vicepresidente.
Poco accesible, las señales públicas son el único recurso de la tropa K para detectar el registro de preferencias de Cristina. Así como al vice lo espetó con «cuidado lo que hacés» o «concheto», ayer le dedicó frases amables.
El planeta K se despabiló con el retorno de la Presidente: afuera, puñados de jóvenes saludaron el descenso del helicóptero y el ingreso de la Presidente a Casa Rosada. Adentro se amontonó, salvo dos excepciones -Jorge Capitanich y Daniel Scioli- todo el elenco peronista K.
Aquellos gobernadores explicaron sus faltazos -el chaqueño, por el clásico Boca-River en Resistencia; el bonaerense, en Francia-, pero hubo otra ausencia que no demandó notificaciones: Hugo Moyano, elípticamente recordado por la Presidente, no fue invitado.
En ese claroscuro, Guillermo Moreno se paseó, al frente, de un lado a otro saludando como un anfitrión eficiente. Quedó, por imperio del protocolo, fuera de la mesa principal donde al staff legislativo -Boudou, Beatriz Rojkés y Julián Domínguez-, Cristina sumó a Florencio Randazzo, Juan Manuel Abal Medina y Julio De Vido.
Los chispazos entre el ministro de Infraestructura y el secretario de Comercio son el condimento de toda ronda política o empresarial.
Ayer, la Presidente abrazó una de las cuestiones que enervó ese vínculo: el faltante de combustibles que requirió, contó Cristina, importaciones por 9 mil millones para cubrir la demanda interna.
Custodio del indicador de inflación, Moreno imputa a De Vido por la estampida de precios. En su regreso, Cristina unificó criterio en advertencias a las petroleras. «Se acabaron las avivadas», dijo.
Pero ese expediente derivó en otro, cuando lamentó que el sindicalismo no haya denunciado el sobreprecio del combustible en el transporte.
Lo demás fue un personalísimo relato de los pormenores de su enfermedad. Le épica K tiene, desde ayer, una nueva dimensión: el milagro.


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