4 de junio 2012 - 00:00

Wall St. mira canal Volver (y una película de terror)

¿Quién sintonizó el canal Volver? Esta película ya la vimos. Es de terror. La dieron en 2010 y en 2011 con gran «éxodo» de público (léase inversores de riesgo). Primero los países de Europa se pescan una neumonía. Y ahora se resfría EE.UU. El virus avanzó más rápido que lo pensado. Basta revisar la población remanente: Asia se debilita, los BRICS tosen y estornudan, y ni China se salva. Las radiografías del tórax industrial que toman los informes PMI a lo largo de los cinco continentes confirman el deterioro de la actividad manufacturera que ya no exhala el vigor de tres meses atrás. Y registran los bemoles de respirar el aire viciado que recircula a través de los canales del comercio y las finanzas. Las lecturas en Alemania y Francia, las más pobres de los últimos tres años, son compatibles ya con una declinación del quehacer industrial. Si el cuadro general lucía desalentador, el informe laboral de mayo en EE.UU. -y la revisión a la baja de abril- le añadió otro incómodo frente de preocupación. La fortaleza de la creación de empleo, que era una evidencia palpable hasta marzo, sencillamente se evaporó. Nadie sabe cómo, nadie se dio cuenta hasta dar con las cifras, pero es así. No hay manera de analizar el reporte que no refleje un paso atrás. No se puede culpar a los mercados por declarar la epidemia. Ya se había dicho aquí, una semana atrás, que convenía ajustarse los cinturones: «Si despunta una sorpresa negativa, la búsqueda de un nuevo piso no será una experiencia agradable». En esa travesía penosa estamos embarcados.

¿Cartón lleno? Europa seguro que puede cantar línea. Grecia con sus elecciones, España con el agujero de Bankia y su increíble estrategia de anunciarlo y no saber cómo se obtura. Chipre que tambalea. La eurozona alardea de no tener servicio de emergencias. Y la rutina tosca del médico de guardia es mejor evitarla para no dañar más la salud del paciente. ¿Qué hará Europa? No se sabrá hasta que no lo resuelva la convocatoria a un nuevo ateneo médico. Siempre ha sido así. Un problema no se confronta si antes no escala lo suficiente. No basta con que llame la atención, tiene que hervir al punto de zozobra. Dice Mario Draghi, el mandamás del BCE: «Es la peor manera de hacer las cosas, porque al final todo el mundo acaba haciendo lo correcto, pero al costo más alto posible». Importa que Draghi se dé cuenta. Este jueves, cuando se reúna el banco central, debería impulsarlo hacia un sendero más atinado. Después de todo, el crédito bancario se destruye en sus narices. España sufrió un fuerte drenaje de depósitos antes de Bankia. Y ahora padece una lógica corrida (aunque el ministro De Guindos quiera taparla con la mano). Y los coletazos se sienten en Italia (por fortuna, por ahora no en Francia). El BCE se puso Europa al hombro en diciembre en condiciones de mercado que eran todavía más difíciles. Tendrá que repetir la faena. ¿Alcanzará con el gesto de recortar las tasas de interés -hoy en el 1%- a la mitad? Costaría poco esbozar la promesa de una acción monetaria no convencional sin asumir, si no se quiere, un compromiso específico firme. Y sería más eficaz. Pero su labor no puede agotarse allí. Otra figura italiana gravitante -el premier Mario Monti- da en la tecla cuando aboga por concederles prioridad de urgencia a las vicisitudes de la banca. Hay que detener la convulsión antes de que pase a mayores. Esta semana. Nadie se sorprenda si emerge el perfil de un régimen de unión bancaria europea, con los capítulos correspondientes a una supervisión y un régimen de garantía de los depósitos unificados. La nave no podrá alistarse en tiempos breves, esto es lógico. Lo importante es desplegar un anuncio que sirva como mascarón de proa. Se diría, como oportuno aviso a los navegantes.

El mal trago del viernes no puede achacarse a Europa. EE.UU. lo hizo. Y lo sirvió en las rocas. Las Bolsas cayeron -como mínimo- el 2%. Sectores como la banca estadounidense se hundieron más del 4%. Y las tasas largas de interés marcaron nuevos mínimos absolutos. La de diez años arañó el 1,45%. Allí no estuvo nunca. Ni cuando estalló Lehman. Ni cuando la economía se sumergió de cabeza en la recesión. Tampoco cuando el Dow Jones merodeaba los siete mil puntos (hoy, pese al castigo, supera los 12.100). Es una señal de perturbación muy potente. La tempestad va a arreciar antes de calmarse. Se escribió la semana pasada que no se había visto lo peor, y se demostró a carta cabal. Pero para quien tenga presentes las pesadillas de 2010 y 2011, lo que desvela son los momentos de capitulación. El termómetro del VIX, el indicador de volatilidad accionaria esperada, marcó un pico de 26. Son apenas unas líneas de fiebre en ascenso suave. Las convulsiones del año pasado se tradujeron en media docena de embates por encima de 40. Quien los tenga grabados en la memoria sabe bien la gran diferencia.

No hay que exagerar tampoco. Lo de EE.UU. no deja de ser un tropiezo. Es la Unión Europea la que de veras está en peligro. Y, sin embargo, el traspié norteamericano gatilló en el acto la especulación del QE3, de la intervención enérgica de la Fed (especulación pura de los mercados, ninguna autoridad tuvo tiempo aún de decir: «Esta boca es mía»). En cambio, en una Europa que se resquebraja -y lo necesita mucho más-, pensar en una respuesta similar es una osadía que los mercados no se atreven a ensayar. La prueba tangible de la disparidad fue que el dólar interrumpió, el viernes, su fortísima apreciación. Y así le concedió al euro un salto de cotización que no figuraba en su programa de flagelación. Pero si la epidemia es global, también lo será la acción de la banca central. La liquidez brotará de varios frentes. Y es esa previsión, sin duda, lo que le devolvió al oro el brillo de añejo talismán. No todo lo que reluce en su precio es la expectativa de QE3. Este jueves, sin ir más lejos, la franela del BCE y del Banco de Inglaterra (que también podría recortar sus tasas a la mitad) deberían añadirle lustre.

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