3 de marzo 2009 - 00:00

Wolf Vostell, pionero del video arte y la performance

Una de las obras que el artista alemán Wolf Vostell incluyó en el singular museo que se autodedicó en la localidad española de Malpartida, Cáceres.
Una de las obras que el artista alemán Wolf Vostell incluyó en el singular museo que se autodedicó en la localidad española de Malpartida, Cáceres.
En 1969, Wolf Vostell (Leverkusen, 1932-Berlín 1998) realizaba sus primeras «hormigonadas», concibió un automóvil empotrado en cemento (escultura-acción) frente a la Galería Art Intermedia. Ya desde comienzos de la década del sesenta sus acciones incluían múltiples experimentaciones. La violencia, el racismo, el consumo o las catástrofes fueron temas de sus obras en las que utilizó las técnicas del fotomontaje y el decollage. Al finalizar sus exposiciones con carteles y objetos sacados de su contexto, el público era invitado a rasgar o destrozar las obras con el fin de grabar los sonidos producidos.
Vostell se llamaba a sí mismo un «ingeniero de la vida», un concepto que lo vinculaba a sus acciones. Fue un artista experimental que no sólo presentó sus propuestas en museos y centros culturales, también en los espacios abiertos de pequeños pueblos o en las calles. En 1974, conoció el monumento natural Los Barruecos, en la localidad española de Malpartida, en Cáceres y lo proclamó «obra de arte de la naturaleza». Dos años más tarde fundó allí el singular Museo Vostell.
Pionero en las expresiones del video arte y la performance, en 1962 fue cofundador de Fluxus, que surgió a partir de los conciertos y festivales organizados por George Maciunas en los años 1962 y 1963.
«Fluxus-arte-diversión debe ser simple, entretenido y sin pretensiones, tratar temas triviales, sin necesidad de técnicas especiales ni realizar innumerables ensayos, sin aspirar a tener ningún tipo de valor comercial o institucional», señaló su coordinador, Maciunas (1931-1978), de origen lituano pero radicado en Nueva York. Fluxus no se dejó encasillar dentro de ningún concepto: ni pintura, ni escultura, teatro, cine o música, a pesar de haber nacido en el contexto de la vanguardia musical y que su existencia sería impensable sin John Cage, el gran motivador de la música en los Estados Unidos. Con «Untitled Even» (Evento sin título), John Cage se propuso una original fusión de cinco artes: el teatro, la poesía, la pintura, la danza, y la música. Fluxus es la confluencia de todos estos medios, la primera forma de arte desde el dadaísmo que apuesta a la fusión de los géneros.
Este nihilismo, lleno de ironía y espíritu lúdico, no dejaba por ello de resaltar la originalidad creadora, por un lado, y la búsqueda de participación pública, del otro. Los artistas denunciaban el anquilosamiento y aislacionismo del arte de entonces, y promovían una vasta apertura de esas disciplinas, tendiendo puentes entre arte y vida, hasta soldar tal escisión, de modo de convertirse en mediadores de un proceso estético-social. Este anti-arte se opuso a la práctica del arte como profesión y a la separación del artista y el público.
«Purgar el mundo de la enfermedad académica, de cultura comercializada», es uno de los conceptos del Manifiesto de Maciunas en 1963. Es en esa avenida transitada por poetas, pintores, músicos, bailarines, escultores, cineastas, dramaturgos, novelistas y pensadores, donde también se suceden los mojones que fueron anticipando el advenimiento de las performances.
La performance aparece para recobrar el cuerpo como hecho propio. Los historiadores rastrean sus antecedentes a partir de las serate (veladas) futuristas de 1910 y a través de una larga nómina que incluye a las vanguardias rusas, los dadaístas, los surrealistas, el Bauhaus, las experiencias de John Cage, el happening, las ambientaciones, la danza experimental, y el Teatro de la Pobreza de Grotowski. La performance se constituye, sin embargo, por sí en arte independiente, ya que el cuerpo es el del artista (o los artistas) y opera como centro de la producción estética. Es un cuestionamiento de lo natural y, simultáneamente, una propuesta artística. Pone en crisis los dogmas del comportamiento, ya sea por su simple manifestación, o a través de la ironía o el patetismo.
El espectador no se encuentra con estereotipos sino con auténticas creaciones imprevistas y espontáneas. Esta «falta de noticias», que caracteriza a la performance, la convierte en una creación única y también irrepetible. El artista no «representa» sino «presenta»; no pretende ofrecer un símil de la realidad: es acto y presencia, es obra y vida. Con palabras del filósofo francés de Merleau-Ponty: «El cuerpo no es un objeto. Por la misma razón, la conciencia que tengo de él no es un pensamiento, no puedo descomponerlo y recomponerlo para formarme una idea clara. Su unidad es siempre implícita y confusa. Ya se trate del cuerpo del otro o el mío propio, no dispongo de ningún otro medio de conocer el cuerpo humano más que el de vivirlo, esto es, recogerlo por mi cuenta como el drama que lo atraviesa y confundirme con él».
Wolf Vostell reconoció: «Soy uno de los que creen que sin el Happening no hubiese existido Fluxus. Fue la variedad de su estética musical lo que nos acercó, su manera de interpretar, que iba de la música a la acción, de la vida, del pensamiento, a la música del comportamiento». En 1982, en una emisión de «Pro Música Nova», por Radio Bremen, Wolf Vostell señalaba que Fluxus estaba en contra del límite de la libre expresión, contra la insuficiencia de los conceptos artísticos y contra la mediocridad de los coleccionistas. Pero no estaba por principio contra las instituciones culturales sino contra la estupidez de las ideas heredadas. «Recuerdo -concluye- que con mucha frecuencia a principios de los años 60 yo estaba en contra de los museos y ahora expongo en ellos. Esto demuestra que la apertura se ha conseguido».
Al año siguiente realizó en el CAYC (Centro de Arte y Comunicación) la performance «El tango de hormigón», como homenaje a la resistencia de los argentinos frente a la dictadura.

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