¿Y si se aplica plan de guerra de Krugman?

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Es una rutina repetida, pero igual concita la atención. Los decibeles de la discusión trepan en un año electoral signado por una profunda sequía laboral. El Gobierno de los EE.UU. debe pronunciarse sobre aquellas naciones que distorsionan su tipo de cambio para extraer -a costa de Wa-shington- una ventaja competitiva en el comercio internacional. China, como siempre, está en el centro de la mira. Pero hasta ahora nadie se atrevió a jalar el gatillo.

El Tesoro conoce las ventajas de ser juez y parte. Así, «Tim» Geithner creó los exámenes de estrés para demostrarle a los escépticos qué tan robusto era el patrimonio de los bancos. Su aprobación -cual profecía autocumplida- sirvió para descomprimir una tensión que se cortaba con cuchillo y era fácilmente escalable. En esa lógica circular, utilitaria, un aplazo gestionado por el Tesoro -convertido como fruto del plan TARP en accionista preferente de los examinados- era una alternativa inadmisible. China, y no la banca, es el que ahora ocupa el banquillo de los acusados. El dictamen tenía fecha precisa -el próximo 15 de abril- pero Geithner, el sábado, prefirió posponerlo. Su cercanía alimenta la pirotecnia verbal a ambos lados del Pacífico. Tanto Obama como Pekín necesitan satisfacer las demandas de su agenda interna y si, periódicamente, este minué de reclamos se reitera, sin que se sancione nunca al presunto culpable, será que rinde beneficios aunque sean invisibles para el ojo mundano.

Que todo este barullo aumente su fragor pero se disipe luego, sin novedad en el frente, es el pronóstico que aconseja la experiencia. Más aún, China prepara un golpe de efecto para sostener que el yuan renminbí no está subvaluado y así contrarrestar la prédica dominante. Anunciará un déficit comercial cuando difunda los números de marzo. Será el primer rojo mensual desde abril de 2004. El informe se conocerá esta semana y el desfase rondaría los 8 mil millones de dólares. ¿Será que China no sólo manipula su moneda, sino que ahora también las estadísticas de su comercio? Marzo recién concluyó y ya las autoridades -las más altas, comenzando por el primer ministro Wen Jiabao- vaticinan una cifra de impacto. Imposible saberlo. Una proyección tentativa, con los datos de los primeros diez días de marzo sería el sustento de la versión oficial. El apuro por despachar exportaciones antes del Año Nuevo chino acrecentó los embarques de febrero y habría generado el bache de marzo. Sin embargo, nadie ajeno a la cocina puede asegurarlo.

Si China no era un manipulador cambiario el año pasado, tampoco lo es ahora. Eso debe quedar claro. Pero si lo que impera en los exámenes del Tesoro es una lógica utilitaria, el veredicto puede modificarse si se piensa que resulta conveniente ensayar otra estrategia de negociación, más dura y frontal, aun al costo de provocar una colisión. Dos artículos recientes de Paul Krugman abonaron con énfasis esa tesitura. Y, al calor de su influencia, sembraron la expectativa de que esta vez el desenlace sea diferente.

La paridad del yuan renminbí no es lo esencial. Lo que importa, en la visión de Krugman, es que China opera «una política de facto que fuerza el flujo de capitales fuera del país». El voluminoso superávit de cuenta corriente que exhibe Pekín es el producto artificial de una masiva intervención cambiaria que se esteriliza con éxito. Su contrapartida es una formidable acumulación de activos externos. Así, China comprime su gasto y exporta ahorros hacia el resto del mundo. Krugman es un keynesiano y los tiempos actuales son los de la paradoja de la austeridad. Debido a los abundantes recursos ociosos, ahorrar más profundiza la crisis. En su empeño frugal, China «nos hace a todos más pobres» (y también, por qué no, Alemania o Japón, o los países de la OPEP). ¿Qué propone Krugman? La estrategia de choque de Fred Bergsten. Correr a los chinos con la amenaza de aplicarles una represalia comercial -un arancel del 25% a sus exportaciones- si no se avienen a cesar su intervención cambiaria. La Unión Europea, acompañaría (o se vería inundada de excedentes), y ambos pondrían a China en un brete. ¿No responderá China con la amenaza de vender sus enormes tenencias de bonos del Tesoro? Lo haría a costa de una pérdida mayúscula. ¿Quién tendrá la sartén por el mango? Es posible que Occidente pero si se produce una impasse hasta definirlo, el mundo crujirá de nuevo en sus frágiles cimientos. Krugman lo ve diferente: si los chinos se abroquelan en su posición -y soportan los aranceles sin mover un ápice su tipo de cambio- el problema se habrá solucionado ya que el superávit comercial, sí o sí, habrá tenido que recortarse. Un momento, ¿no sería acaso una peligrosa reedición de la ley Smoot Hawley que paralizó al comercio internacional, con efectos nefastos, en los años 30? ¿Es preferible eliminar el intercambio que mantener el comercio desequilibrado? No es lo que señala la experiencia que dejó Lehman. La brusca interrupción del comercio mundial hizo que el superávit chino se contrajera por la fuerza pero no tornó a la crisis más benigna. Fue el peor momento para todos. Desde ya, Krugman no es el Gobierno. Pero si su escenario de amenaza es creíble, le resultará muy útil para torcer a su favor la negociación.

Es verdad que China podría contribuir más a la recuperación del mundo pero, ya se dijo aquí, que no es cierto que no haya sumado un aporte valioso. Nadie aplicó con más determinación -ni éxito inmediato- las iniciativas de estímulo. Su crecimiento fue y es rotundo y, pese a la exportación de ahorros, también derramó fronteras afuera (que lo diga si no la bonanza de las materias primas). El desempeño de las importaciones fue y es más vibrante que el de las exportaciones y la brecha relativa detrajo 3,9 puntos del crecimiento del PBI en 2009. El superávit de la cuenta corriente declinó del 11% del PBI en 2007 al 5,8% el año pasado y a un estimado del 5,5% en 2010. China podría dar más pero no se precisa de China para lograrlo (nada impide - salvo la prudencia- que motu proprio la Fed decida aumentar sus compras de bonos del Tesoro). Desestabilizar a China - como sucedió involuntariamente con el Japón de los 80 y sus consecuentes burbujas- sería, en cambio, un pésimo negocio de largo plazo.

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