17 de enero 2012 - 00:00

¿Y si un mormón preside EE.UU.?

Los mormones, apenas el 2% de quienes se dicen religiosos en los Estados Unidos, han debido sobrellevar, desde la creación de su fe en el siglo XIX, una mirada despectiva de vastos sectores debido a algunos de sus peculiares ritos, prácticas y principios. Están básicamente confinados al estado de Utah, donde son el 60% de la población y donde fue gobernador el mormón John Huntsman, quien ayer se bajó de las primarias republicanas para apoyar a su correligionario Mitt Romney. Éste también comparte la fe mormona. A continuación, los principales tramos sobre los avatares de esta minoría religiosa en una nota del corresponsal David Alandete, publicada en el diario El País de Madrid.



Por primera vez en la historia, un mormón tiene serias opciones de aspirar a la presidencia de Estados Unidos. Mitt Romney ha ganado dos primarias y tiene ventaja en las encuestas. Las dudas sobre su conservadurismo o la pérdida de empleos provocada por su compañía de inversión de riesgo son importantes escollos. Pero de todos los obstáculos, el más grande puede ser su religión. Uno de cada cinco norteamericanos dice que no votaría a un candidato mormón. Casi la mitad de la población ni siquiera sabe si son cristianos.

A los siete millones de mormones de EE.UU. se los ha criticado históricamente por ser conspirativos, polígamos y racistas. Los recelos perviven. En noviembre, una encuesta del Instituto de Investigación de la Religión Pública reveló que un 40% de los ciudadanos de EE.UU. no vería con buenos ojos a un presidente de esa religión. Según otro sondeo, de Gallup de junio, el 22% no votaría a alguien de esa fe.

Romney es muy devoto. Fue líder de su parroquia cuando vivía en Belmont, Massachusetts. En la Iglesia mormona, los obispos pueden casarse. Romney, casado y con cinco hijos, fue obispo de Cambridge y de Belmont, y presidió la diócesis de Boston. Los mormones, de muy jóvenes, viajan a lugares lejanos para predicar su fe. Suelen pasar dos años lejos de sus familias, con muy limitado contacto con ellas, pagándose su manutención. En 1966, Romney evangelizó en Francia.

A pesar de que muchos votantes evangélicos la consideran una secta, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (su nombre formal) sí que se define como cristiana. Pero añade a la lista de profetas al suyo propio: Joseph Smith, un buscador de tesoros nacido en Vermont en 1805 que dijo haber recibido la visita de un ángel que le entregó unas tablas de oro, escritas en «egipcio reformado», que decía que se hablaba en la América antigua. Smith las tradujo y el resultado fue el Libro de Mormón, publicado en 1830. Este libro -tachado de incongruente por los historiadores- es, para los mormones, una añadidura crucial a la Biblia.

En él se narra que una tribu perdida de Israel surcó el Atlántico 600 años antes de la era cristiana. Habitó en América y se le apareció Jesucristo resucitado. Aquella tribu pronto cayó en una lucha cainita, que protagonizaron dos castas: nefitas y lamanitas. A estos últimos, Dios los castigó con tener la piel oscura, por apartarse de él. Tras siglos de lucha, los lamanitas exterminaron a los nefitas. Y de ahí viene, para los mormones, la razón por la cual el hombre blanco llegó en 1492 a un continente habitado por indígenas, tocados por el mal.

Esa doctrina sirvió también para que los mormones rechazaran, entre 1849 y 1978, a los negros como sacerdotes. «Otras iglesias estadounidenses también tienen una historia irregular con el racismo», explica Scott Gordon, presidente de FAIR, organización de defensa mormona. «Primero aceptamos a los negros en el sacerdocio en 1830, algo muy diferente a lo que sucedía en las demás iglesias. Pero el segundo presidente de la Iglesia, Brigham Young, decidió seguir a otras religiones y no permitir que los negros accedieran al sacerdocio».

En el siglo XIX, los mormones se organizaron como comunidad, y de la costa atlántica emigraron al Medio Oeste, de donde fueron expulsados con violencia. Una turba aniquiló al profeta Smith en 1844. Luego huyeron a Utah, territorio entonces despoblado, donde se asentaron y se armaron. Lejos de Washington, comenzaron a vivir como su dios se lo había indicado. El profeta Young anunció en 1852 que la poligamia era parte central de su religión. Su predecesor, Smith, había tomado a 30 esposas.

Como la poligamia era ilegal en la mayoría del país, el Gobierno federal acusó a los mormones de rebeldía. El profeta Young, cuya idea era fundar una teocracia en Utah, mostró en repetidas ocasiones su beligerancia. «Cualquier presidente de EE.UU. que levante un dedo contra estos fieles morirá antes de tiempo», dijo en una ocasión. Amenazó también con hacer de Utah «una nación independiente». El presidente James Buchanan llegó a mandar 2.500 soldados a controlar la insurrección, en lo que se conoció como la guerra mormona, que se saldó con la muerte de 120 civiles a manos de los mormones. Finalmente, el profeta Wilford Woodruff desautorizó la poligamia en 1890.

Hoy, la Iglesia mormona se organiza de forma piramidal, como la católica. Hay un presidente en Utah, que ahora es Thomas S. Monson, que actúa como profeta y enviado de Dios a la Tierra. Normalmente, los sacerdotes deben obediencia a los dictados del profeta. Esto ha creado numerosas dudas sobre si un jefe de Estado mormón debería someterse al dictado de su líder espiritual. En este asunto, Romney se enfrenta al mismo problema que ya vivió en 1960 John Kennedy, primer presidente católico. Hubo dudas entonces sobre su supuesta sumisión moral al papa de Roma.

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