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Yellen promete cautela y despeja el camino de los activos de riesgo
Yellen cambió. A fondo. La Fed no es la misma que cuando gatilló en diciembre la primera suba de tasas. Basta ver la nebulosa de puntos que traza la hoja de ruta prevista para cumplir su faena, y advertir cómo se aplanó la curva de tasas. No obstante, hay que prestarle atención -más aún, si antes se escuchó a los halcones- para entender la naturaleza profunda del cambio. Ya se escribió acá que el ajuste monetario se anticipó y provino por la vía de la apreciación del dólar, y sus consecuencias directas e indirectas, y no por la solitaria elevación de la tasa. La economía de los EE.UU. sintió el impacto, pero lo navegó bien. Wall Street, en el espacio de medio año, soportó dos correcciones (sendos tropiezos de más del 10%) cuando venía de no experimentar ninguna desde 2011. Fuera de los EE.UU. el daño resultó cuantioso aunque, paradójicamente, allí los esfuerzos por proveer estímulo se han multiplicado (desde el BCE hasta el Banco del Pueblo de China). La amenaza del superdólar causó estragos. Sobre todo en la percepción de posibles riesgos de crédito e iliquidez. Es fácil recorrer su huella, desde la debacle de los precios de los commodities hasta la salida neta de capitales que padecieron las economías emergentes, China inclusive (un fenómeno que se vivió por última vez en los años ochenta, en los tiempos de Ronald Reagan). A manera de inventario de daño colateral, América Latina en recesión es una síntesis cabal. Que Yellen enfatice ahora los peligros asociados a una suba de tasas, que lo haga cuando la política monetaria está a punto (por fin) de cumplir los objetivos específicos de su mandato (como lo recuerdan los halcones) es un viraje rotundo. La estabilidad económica global entró en la ecuación de la Fed con una ponderación que no tuvo nunca. De ahí, que la cautela crezca cuando la economía suma más de 200 mil nuevos empleos netos mes a mes y la inflación se atreve a levantar cabeza. ¿Extraño? ¿Providencial? ¿Efecto G20? Quizás el susto fue muy grande cuando la zozobra se adueñó de los mercados. El diario de Yellen -filtrado subrepticiamente a la prensa- revela sus llamadas telefónicas con el BCE y el Banco de Inglaterra cuando el contagio de las acciones bancarias se hizo rampante. La reunión del G20 en Shanghái recogió el guante de la necesidad de coordinar políticas, pero no reveló ninguna iniciativa concreta. Con el giro de Yellen es cartón lleno. Una Fed sensible a la inestabilidad cambiaria y a los revolcones de los mercados y de las economías fuera de sus fronteras, instala a todos los bancos centrales del mundo en la misma vereda de prioridades. Para los mercados emergentes es como la admisión a la sala VIP. Para los inversores, un pase libre para la toma de riesgos. Una Fed cautelosa permite que sean más agresivos. Es la paradoja conocida del moral hazard.


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