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Dos hombres discuten el libreto de una próxima película, y a veces lo que uno de ellos propone surge ante los ojos del espectador -hasta que el otro se lo cambia o refuta. El esquema reconoce sus antecedentes, pero en este caso el chiste es otro: se trata de una comedia social sobre cómo hacer una comedia social.
Para el caso, están discutiendo cómo desarrollar el conflicto entre una familia de mecánicos de un pueblo provenzal, y el jefe de la sucursal bancaria que los tiene locos. Y causa gracia, entonces, ver cómo al mismo tiempo se plantean asuntos de compromiso político y de entretenimiento cinematográfico, y se ve a los libretistas imaginando escenarios desde el jardincito del fondo, calibrando si conviene meter ciertos parlamentos, o es mejor agregar los toques de sexo, risas y final feliz que el público reclama, mientras los personajes toman vida propia y se les van de las manos, y acaso terminen haciendo su propio final feliz, un poco ajeno a las convenciones del caso, pero no tan ajeno a la realidad como ocurre en otras películas.
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