En este caso, el protagonista es un chiquilín superinteligente y ansioso por probar sus inventos, pero no estilo Dexter, sino retro. Por algo el pueblo donde vive se llama Retroville, y su parque de diversiones, Retroland. En una típica mescolanza, conviven allí objetos y pensamientos del presente, con otros de los '50, como el viejo símbolo del átomo, popularizado entonces como sinónimo de progreso. También la moraleja del cuento es bien retro: no trates con extraños, sólo tienen malas intenciones.
Se junta con otra moraleja, sobre la necesaria presencia de los padres, y ya está el nudo de la historia.
Para el caso, el niño quiere comunicarse con los extraños, pero sólo consigue que unas babosas alienígenas se aprovechen de su nobleza y secuestren, con fines alimenticios, a todos los adultos. Solo él, al mando de todos los niños de la escuela, podrá rescatarlos.
Los otros son un gordito asmático, un tontín con voz de
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