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19 de mayo 2006 - 00:00

Animación del mejor cuño

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Si Osamu Tezuka, el creador de «Astro-boy» y «Kimba, el león blanco», es el «dios del manga», en el campo del animé (el dibujo animado japonés), Hayao Miyazaki es sin lugar a dudas su heredero. Desde su debut en Occidente con «La princesa Mononoke» --estrenada por Miramax en 1999, y que perdió el primer puesto como película más taquillera de Japón sólo después del estreno de «Titanic»-, sus películas han gozado del reconocimiento tanto de la crítica como del público.

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En «El increíble castillo vagabundo» es apreciable la evolución del trabajo de Miyazaki, cada vez más preciosista y elaborado. La acción se desarrolla en un innominado país de Europa central, temporalmente situado en la Belle Epoque, y en ese entorno se presenta la historia de la pequeña Sophie, una niña que trabaja a destajo en la tienda de sombreros que heredó de su padre hasta que un día se encuentra con un hechicero llamado Howl, un hecho que sella su destino.

Una bruja, que malinterpreta el encuentro, hace caer una maldición sobre Sophie, transformándola en una anciana. En su desesperado vagabundeo, la niña envejecida encuentra el castillo del hechicero e ingresa a trabajar allí como ama de llaves, lo quele dará acceso a un mundo mágico más allá de su imaginación, un mundo que toma cantidades de elementos de la fantasía clásica, pero presentándolos de manera muy original, un personalísimo sello del trabajo del maestro nipón. Una curiosidad final: la base argumental de la historia pertenece a una discípula de C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien, Diana Wynne Jones, lo que demuestra una vez más la universalidad de lo fantástico como tono que atraviesa a diferentes paradigmas culturales.

H.M.

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