El realizador David Blaustein en el archivo del Hotel de Inmigrantes, cuando encuentra los renglones que certifican la fecha y el barco en el que vinieron sus abuelos.
«Hacer patria» ( Argentina, 2007, habl. en español e idish). Dir.: D. Blaustein. Guión: L.I. Ickowicz, D. Blaustein Documental.
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Es probable que mucha gente de mediana edad, o más grande, no pueda ver bien el comienzo de este documental, porque va a soltar los lagrimones a lo largo de toda la escena. Que es de lo más simple: el propio David Blaustein, director de la película, va al Hotel de Inmigrantes, y allí el director del archivo lo recibe, ambos buscan entre los enormes registros de arribos, con sus hojas de bordes doblados por el tiempo, rastrean, y, uno sonriente, el otro visiblemente emocionado, encuentran esos renglones que certifican la historia familiar: la fecha, los nombres de los abuelos, y el barco en que vinieron.
«Los argentinos venimos de los barcos», dice el viejo chiste. Los Blaustein en 1923, en el «Lutetia», desde Polonia, los Korogodsky en 1927, en el «Demerara», desde Ucrania. En día franco los «hermanos de barco» se ayudaban entre ellos a levantar sus casas. En el barrio iban aprendiendo las costumbres del país, el idioma. Tratando de hacer pie, recorrieron Tandil, Lobería, Abasto, Paternal y Mataderos, cuando solo había calles de tierra, y para subir al tranvía debían cambiarse los zapatos.
La segunda emoción, casi inmediata, es cuando Blaustein se entera dónde quedaba la casa de Tandil, la encuentra, y se asoma por el muro, para ver el patio donde jugaba su padre cuando niño. Y la actual dueña de casa lo hace pasar. Más adelante, en un almacén de campaña, su primo encontrará un viejo que recuerda claramente la figura joven de su madre, sus lindas trenzas, su distancia.
Cualquiera sea su origen, más de uno quisiera hacer su propio rastreo familiar. Pero a veces la curiosidad se despierta recién cuando ya no hay a quién preguntarle. En este caso, están aún la madre del autor, y unos cuantos tíos y tías, que, alentados por la filmación, empiezan a contar «cosas viejas». Algunas son graciosas, como lo del tío Judas que acá, por razones obvias, pasó a llamarse Oscar, o aquella primera asamblea del gremio argentino de sastres, donde todos hablaban en idish, o el noviazgo y casamiento de los padres. Otras anécdotas permiten apreciar la épica del trabajo, la entereza de quienes supieron afrontar adversidades y hasta burlas, el modo paulatino en que «los rusos» se fueron acriollando, y participaron o fueron testigos de los diversos cambios que hubo en el país a lo largo del siglo. Así encontramos el resultado final de tanto esfuerzo, la evolución desde la maleta del inmigrante hasta la casa propia y la inmensa reunión de los descendientes.
Pero, igual que las preguntas, las advertencias también pueden llegar tarde. Para que los hijos no sufran, los padres callan ciertas cosas, o no quieren que tengan sus propias experiencias. La parte final de esta película es, en ese sentido, una especie de tardío reencuentro de los hijos con el recuerdo del padre. En largas caminatas del autor con un hermano por La Lucila, y con otro hermano por San Isidro, ellos reconstruyen su memoria de jóvenes en los '70, cuando, para pesar del padre, trataron de vivir su propia épica, y experimentaron también sus propios viajes, desvalidos, a tierras extrañas. Esta segunda mitad ya no emociona, pero igual resulta necesaria, porque de algún modo integra un diálogo mayor, que los argentinos todavía nos debemos. «La argentinidad está hecha de extranjeros, y todo viaje tiene su reverso», ha resumido Blaustein. Y su obra bien vale la pena.
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