La obra de Borges dos décadas después de su muerte ha
crecido en interés y difusión, derramando su influencia por
el mundo.
"Este libro nació de un texto de Borges". Esa frase, que hace cuarenta años estampó el filósofo francés Michel Foucault en el prefacio de su libro «Las palabras y las cosas», hoy podrían portarla de la misma forma muchos otros libros. Algunos escritores -Italo Calvino, Umberto Eco, Julian Barnes, Paul Auster, entre otros-lo confesaron abiertamente. Los críticos George Steiner y Harold Bloom podrían sumar a ellos una lista interminable.
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A veinte años de sus muerte en Ginebra, Suiza, que se cumplen precisamente hoy, la influencia de Jorge Luis Borges, en la literatura y, también, en las más variadas formas del pensamiento no ha dejado de ampliarse y esparcirse. Va de quienes lo hacen «el escritor que vaticinó a internet» a quienes lo consideran un renovador de la filosofía y un creador que previó avances de la ciencia. Pasa por quienes lo aprecian (como Paulo Coelho) por ser un pensador esotérico (confundiendo metafísica con soteriología) precursor de la new age a quienes lo observan como el escritor que «desde los márgenes» logró construir «una escritura que renovó la literatura del siglo XX».
Un autor confirma su magnitud a través de sus epígonos, de sus imitadores, sus plagiarios, además de sus devotos. Signan su fama, más que el mero prestigio intelectual, los comentarios en los medios, las falsas atribuciones, la diversidad de interpretaciones de su obra, los cuestionamientos y las críticas. Todo esto lo aleja del encierro de los claustros, de la confinación a los eruditos que se recogen al silencio de las bibliotecas, de los investigadores dedicados al arte funerario de la canonización. Son algunas de las cosas que siguen dando al autor de «El aleph» una curiosa popularidad.
Borges -sólo acompañado en nuestra lengua por Pablo Neruda y Gabriel García Márquez- ha recibido en los últimos años el inesperado «homenaje» de que le atribuyeran, primero por internet y luego en diversas publicaciones, cuatro espantosos y sensibleros poemas, que el hubiera aborrecido, que llevan como titulo «Instantes», «Dime», «Y uno aprende» y «El árbol de los amigos». Participan esas composiciones del mismo tributo que realizan a diario otros escribas remedando los que consideraban rasgos estilísticos esenciales del gran escritor argentino, y que él fue abandonando con cada nueva obra.
Lo que no abandonó nunca el autor de «Hombre de la esquina rosada» fueron esas construcciones narrativas que parten de haber tomado muy en serio aquellas motivos que los clásicos, de los que hoy Borges forma parte, consideraron como paridores -mayeútico, trabajo de partero, llamó Platón a su labor-de la reflexión y del pensamiento filosófico: el asombro, la duda, la conmoción.
Borges encuentra que en la narrativa esto se da claramente en la literatura fantástica. Y a partir de allí descubre que también aparece en otros universos, en los más cotidianos, que para producir su obra puede ir de la parodia a la critica literaria de una obra inexistente, que puede echar mano a las formas consideradas menos «literarias» para llevar al lector a la perplejidad.
Eterno profesor, transmisor de conocimientos, a través de sus textos, Borges enseñará a leer a su lector, lo pondrá en crisis con sus creencias, lo enfrentará a la extrañeza de estar en el mundo y de observar las insensateces y misterios que lo rodean. Con una atenta mirada hacia su receptor, buscará una alianza a través del humor. Un humor aristocrático que va de la ironía al sarcasmo, y que ha quedado reflejado en muchas antologías de sus chistes. Como bien lo señaló Alan Pauls en «El factor Borges», «Borges instala la risa en el corazón del pensamiento». En sus cuentos Borges ofrece un catálogo de «sabios, idiotas, talentos desperdiciados, artistas fanáticos del error y la insensatez». Y, junto a ellos, héroes que son antihéroes, marginales que alcanzan la virtud del valor, delincuentes que tienen una ética del coraje.
«La fama, como la ceguera, me fue llegando poco a poco», cuenta Borges en la «Autobiografía» que le dictó a Norman Thomas di Giovanni, y agrega «nunca la había esperado, nunca la había buscado. Néstor Ibarra y Roger Callois, quienes a principio de la década del cincuenta se atrevieron a traducirme al francés, fueron mis primeros benefactores. Sospecho que su trabajo de pioneros preparó el terreno para que compartiera con Samuel Beckett el Premio Fomentor en 1961, ya que hasta que fui publicado en francés yo era casi invisible, no sólo en el exterior sino también en Buenos Aires. A consecuencia de ese premio, de la noche a la mañana mis libros brotaron como hongos por todo el mundo occidental».
Mucho se debatió, en ese tiempo, que se otorgara ese premio de los editores europeos conjuntamente con Beckett. Se los consideró incompatibles. No fue así, tenían mucho en común. Ambos partían en sus creaciones de la filosofía. Beckett de Kant, Borges --según lo ha dicho-de Schopenhauer, de Berkeley, de William James. Para los dos el humor, ese con apariencia de seriedad que caracteriza a la ironía, era esencial. En ese sentido tenian un emblema en el cineasta y actor Buster Keaton. Beckett llegó a trabajar con él, Borges -que lo oponía a Chaplin-disfrutaba evocando la forma en que Buster Keaton consigue hace reír con «cosas que parecen serias y son verdaderos desatinos», como logra que situaciones estrafalarias se vuelvan metafísicas.
Por el tiempo en que Borges veía por primera vez las películas Buster Keaton, se reunía con el excéntrico escritor Macedonio Fernández, su otro gran referente en el arte de hacer pensar riendo. Lo veía como «una especie de Mark Twain». Recordaba que «a Macedonio le gustaba compilar catálogos orales de personas de genio, y en uno de ellos me asombró encontrar el nombre de una mujer encantadora que ambos conocíamos, Quica González Acha de Tomkinson Alvear.Yo lo miré boquiabierto. No tenía la impresión de que Quica estuviera la mismo nivel que Hume y Schopenhauer. Pero Macedonio dijo: 'Los filósofos se han obligado a explicar el universo, mientras que Quica sencillamente lo siente y lo experimental y lo comprende'. Volvía la cabeza y preguntaba: 'Quica, ¿qué es el Ser?'. Y Quica contestaba: 'No sé que quiere decir, Macedonio'. '¿Ves? -me decía entonces-Quica entiende de manera tan perfecta que ni siquiera puede percibir nuestra perplejidad'. Con eso quería probar que Quica era una mujer de genio. Más tarde, cuando le dije que podríamos decir lo mismo de un niño o de un gato, Macedonio se enojó. Antes de Macedonio yo siempre había sido un lector crédulo. El mayor regalo que me hizo fue enseñarme a leer con escepticismo».
Esa enseñanza Borges la trasladará luego a muchas de sus obras, enseñará a leer con escepticismo a su lector, pero sin privarlo de ese placer que enseñara el griego Gorgias al defender el teatro: una historia y una trama que seduzca, que interese, que sorprenda, que lleve a internarse en ella como si fuera verdad, para finalmente realizar un aprendizaje y una catarsis.
Con acierto el diario «El Universal», de Venezuela», declara a Borges «la pluma mayor de las letras argentinas de todos los tiempos, poeta luminoso e irónico», y agrega: «un hombre de pensamiento incisivo como una daga que dejó algunas de las obras más hermosas que jamás se hayan publicado en lengua española». Es cierto, pero a esta altura ha reiteradamente confirmado que es, indudablemente, mucho más.
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