Virginia
Kaufmann y
Griselda
Siciliani cantan
y bailan con
soltura y se
multiplican en
diversos
personajes a lo
largo de un
espectáculo
divertido y
osado que no
traspasa los
límites del buen
gusto.
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Por otra parte, el espectáculo rinde un claro tributo a los años '80, a la estética kitsch (correctamente delineada desde el vestuario) y a ciertos íconos de la cultura argentina (actores, cantantes, series de televisión, programas para chicos y avisos publicitarios) que son bien conocidos por el público en general. Entre los cuadros más eficaces (en libreto, puesta y caracterización) se destacan Tampoco tienen desperdicio los cuadros
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