La melenita histórica y la voz cálida: Roberto Carlos, a los
67 años, regresó al país luego de una larga ausencia.
Actuación de Roberto Carlos (voz, guitarra, piano). Con E. E. Soares (dir. musical), A. De Paula (teclados), A. Márquez (percusión), J. De Magalhaes ( trombón), A. Alves ( guitarra), N. Gómes ( trompeta), W. De Almeida (trompeta), C. Fortuna (saxo) A. Madeiros (piano), N. D'Angelo (batería), D. De Souza (saxo), D. Ract (bajo), A. Ferreira (saxo), J. Goncalves (coros), L. Ismail (coros) y A. Heringer (coros). (Luna Park, 23 de abril; repite 25 y 26/4).
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Este 2008, como ya viene sucediendo desde hace un tiempo, estará en buena medida signado por el reencuentro del público argentino con artistas consagrados. En lo que va del año ya pasaron por Buenos Aires Bob Dylan, Rod Stewart y Armando Manzanero, y en pocos días lo hará Charles Aznavour. En ese contexto, volvió a nuestro país, después de una larga ausencia, el brasileño Roberto Carlos, legendario líder de la Joven Guardia, el que unió generaciones y músicos muy distintos en su país, el que vendió millones de discos en todo el mundo que le reportaron mucho más que el millón de amigos del que habla su canción.
Con su melenita histórica, abrió anteanoche una serie de tres funciones en el Luna Park y frente a un público mayoritariamente maduro que fue con toda la intención de encontrarse con los viejos temas.
Oriundo de Spirito Santo, Carlos arrancó su carrera en plena adolescencia en 1958. A los 67 años, está festejando sus 50 años con la música.
Roberto Carlos pasó por la «nueva ola», por el rock and roll, por el pop, por la balada romántica, y se instaló en un lugar de referente latinoamericano del que jamás salió.
Sus conciertos en el Luna dan cuenta, precisamente, de esta larga y exitosa historia.
Plantado como un artista internacional, se respaldó en una orquesta numerosa, casi una sinfónica en la que sólo faltan las cuerdas reemplazadas ahora por los teclados.
Como un Frank Sinatra de hoy, tuvo a un director -su viejo compañero Eduardo Soares Lages-conduciendo de pie a los músicos. Se apoyó en un sonido «acolchonado», sin más sorpresas que algunos solos de vientos o de teclas breves y perfectamente ensayados. Repitió su cariño por la Argentina y recordó la significación que ha tenido nuestro país en los comienzos de su carrera en español, lengua en la que hizo casi todo su show en un claro gesto de seducción al público, sin importarle que muchas de sus canciones pierdan en la traducción.
Se sostuvo con una voz que resiste sin ningún inconveniente el paso de los años. Claro que todo, aun esa actitud de repetición de fórmulas y el marco neutro de un sonido «sin patria», es posible porque el brasileño tiene en su colección una enorme cantidad de canciones inoxidables -aún varias criticadas oportunamente por triviales-que han resistido con comodidad varias décadas y que están en la memoria de todos.
Estuvieron, por supuesto, piezas muy recordadas, como «Qué será de ti», «Cama y mesa», «Desahogo», «Yo te propongo», «Un gato en la oscuridad», etc. Pero el momento mágico de su show fue cuando se calzó la guitarra para hacer «Detalles», quizá la más lograda de todo su repertorio.
Dejá tu comentario