Montajista de profesión, Delfina Castagnino también dirige, cada tanto, alguna película. Primero fue “Lo que más quiero”, allá por el 2010. Dos amigas treintañeras, los dolores de cada una ante recientes pérdidas amorosas y parentales, el refugio en el pasado, la perspectiva de no futuro, y al mismo tiempo el triste final de la empresa que el padre de una de ellas había levantado. Pero al menos se trata de dos amigas, capaces, tal vez, de sostenerse mutuamente. Su segunda película, filmada nueve años más tarde, plantea dolores similares. Solo que ahora quien los sufre, una mujer frágil cercana a los 40, no tiene sostén ni compañía que puedan reconfortarla. Y la casa materna ya fue vendida y está por demolerse.
Comienza entonces algo extraño, un proceso de locura. La sufriente se refugia en esa casa, revive en su cabeza mejores tiempos, espía desde el altillo cómo los albañiles van desguazando lo que fuera su hogar. Nadie sabe que está allí, ni siquiera su hermana. La historia va tomando tintes de estudio psicológico, de película de terror, de revelación piadosa. Sonidos, tonos claroscuros, situaciones entre reales e irreales, van formando el clima. Buena, bien matizada, la actuación de Cecilia Rainero. Película bien hecha, aunque quizás hubiera sido mejor con unos minutos menos. Para la anécdota, y un respiro que después se hace inestable, la aparición de un galán maduro como posible candidato de la perturbada criatura. Hombre grande, al saber que la chica se llamaba Angélica bien hubiera recordado los versos de la famosa zamba de Roberto Cambaré y escaparse ahí nomás enseguida. Lo interpreta con precisión Antonio Grimau, de quien aparece, en un televisor, una escena del lejano “Proceso a la infamia”.
“Angélica” (Argentina, 2019). Dir.: D. Castagnino. Int.: C. Rainero, A. Garrote, A. Grimau. (Cine.ar).
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