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4 de junio 2008 - 00:00

Cinemateca Francesa, lejos del 68

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Serge Toubiana está al frente de la Cinemateque desde hace 5 años. Cree en una institución moderna, no enfrentada al poder político. Cultura lo subsidia con 20 millones de euros al año.
París (Enviado especial) - A cuarenta años de su explosión, el Mayo Francés revive en estos días en París de una manera muy diferente. Objeto de consumo, los souvenirs vinculados a aquella revuelta estudiantil-obrera, con epicentro en la Sorbona desde ya, se multiplican a la manera de exposiciones, libros, compilaciones de temas musicales, películas en dvd, remeras, posters y hasta tazas de café y lápices. El Prohibido prohibir, por la magia del capitalismo, se ha transformado en el título de aquel film de Wajda de la misma época, «Todo para vender».

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Los tiempos han cambiado, y mucho. No hay más que acercarse al estupendo edificio de la nueva Cinematéque Française para observar diferencias. Justamente, en el vetusto sótano donde hasta hace apenas unos años continuaba funcionando la Cinemateca se gestó, a principios de 1968, el Mayo francés. Fue cuando el entonces ministro de Cultura, André Malraux, despidió de la dirección de Cinemateca a su fundador, Henri Langlois, y las manifestaciones de protesta, encabezadas por los « jóvenes turcos» Truffaut, Godard, Jean-Pierre Léaud y algunos otros punteros se salieran de cauce. Faltaba poco para que Sartre se trepara a la silla en la fábrica Renault.

Hoy, la Cinemateca Francesaes un modelo de organización moderna, eficaz, e integrada. La preside, un tanto simbólicamente, Costa Gavras, aunque la cabeza real y ejecutiva es Serge Toubiana, ex director de la legendaria revista «Cahiers du Cinéma», que también sufrió, con el paso de los años, una «integración» parecida. Toubiana recibió a este diario en su amplio despacho del edificio, ubicado en el remodelado y atractivo barrio de Bercy.

Periodista: ¿Cómo dejó los 'Cahiers' y llegó a la silla de director de Cinemateca Francesa?

Serge Toubiana: Me fui de los «Cahiers» en 2000 y llegué aquí hace cinco años, en mayo de 2003. Yo quería irme de los «Cahiers», había pasado 25 años allí y mi ciclo estaba terminado. Tenía 50 años y sabía que debía hacer otra cosa. Trabajé desde entonces en forma independiente. La llamé a Isabelle Huppert, gran amiga, y le pregunté si estaba de acuerdo en que hiciera un documental sobre ella para la TV. Aceptó, y lo hicimos. Un día, en julio de 2002, el ministro de cultura de Chirac, Jean Jacques Aillagon, me convocó para dirigir la Cinemateca.

P.: La Cinemateca, tan famosa en otros tiempos, estaba en decadencia.

S.T.: Así es, y la decisión política era reflotarla. Este inmueble, enorme, pertenecía al American Center, que había quebrado, y fue comprado por el gobierno socialista sin destino específico. Nuestra tarea fue convencer al gobierno para mudar aquí la cinemateca y así se hizo. Abrimos en septiembre de 2005 y hubo que cambiar el estatuto legal porque, si bien la Cinemateca no es un organismo público, no podría sobrevivir más, como en la época de Langlois, a base de sus propios ingresos. El gobierno asi lo entendió, y hoy la subsidia con 80% de su presupuesto global.

P.: El Estado siempre desconfió de la Cinemateca y ahora la sostiene.

S. T.: Así es. Y yo colaboré para romper ese vínculo de desconfianza absurda. El ministro, entonces, me dijo que yo debía ser el hombre que encarnara esa nueva etapa. No era esa mi ambición: yo soy un ex crítico, un periodista, un realizador de documentales y un escritor, pero no una persona política. Sin embargo, poco a poco, me dije ¿por qué no? Se imponía un cambio: modificar la mirada, aceptar los desafíos políticos, sacar a la Cinemateca de su pozo. Aquella vieja cinemateca, con una única sala, con los fantasmas del mayo francés, era la historia. No tenía sentido insistir sobre ella. París necesitaba una cinemateca nueva, dinámica, para un proyecto cultural y educativo moderno. Este no es un lugar de combate: aquí funcionan ahora el área de restauración, de pedagogía, dos museos, la biblioteca, los gabinetes sobre gestión de colección, etc.

P.: ¿De cuánto es el presupuesto?

S.T.: Tenemos un presupuesto de 25 millones de euros al año, de los cuales 80% aporta el Estado y el resto se obtiene a partir de ingresos propios, entradas, pases para los museos, venta de productos; el objetivo ahora es elevar a 25% el actual 20% propio. En cinco años el presupuesto se multiplicó por tres y el público por cinco. Se lanzó una impresionante exposición de apertura, Renoir-Renoir (dedicada a Auguste y Jean, padre e hijo), hicimos otras exposiciones temáticas en nuestros museos. La coherencia del proyecto es lo más importante.

P.: ¿No tiene mecenas?

S.T.:
Son difíciles de obtener, aunque últimamente algunos se empiezan a acercar. Por ejemplo, en el último Festival de Cannes proyectamos la versión restaurada de «Lola Montès» de Max Ophüls, que se hizo en nuestro laboratorio y nos demandó un año y medio de trabajo. Sin la ayuda de un sponsor hubiera sido imposible. Fue un trabajo impecable, muy complicado por su refinamiento en el uso del technicolor, que debimos hacer en Los Angeles.

P.: ¿Qué fondo fílmico posee?

S.T.: Tenemos una colección de films de más de 40.000 títulos, aunque no tenemos sobre todos ellos los derechos. Entre los planes, figura el de lanzar una edición propia de dvd para aquellos films de los que sí poseemos los derechos, un sello que se llamará Albatros, en homenaje al que crearon los rusos que dejaron su país después de la revolución soviética, en los años 20. Hay películas mudas, de Marcel L'Herbier, Jean Epstein, René Clair, etc.

P.: ¿No son títulos en dominio público?

S.T.: No, el dominio público en Francia cubre 70 años después de la muerte del director. Es un alcance de mucha protección para los herederos. Meliès, por ejemplo, recién entrará en dominio público en enero del año próximo. No tiene nada que ver con el copyright norteamericano, que no considera la fecha de la muerte del director sino la del estreno de la película. Y, según lo que se está tratando en Bruselas, el período en Europa podría llegar a ser ampliado aun más.

P.: ¿Tiene independencia del poder político con semejante subsidio?

S.T.: Hace cinco años que estoy en este cargo, y durante ese tiempo pasaron tres ministros de Cultura. Hoy en Francia (aunque supongo que en muchos otros países pasará lo mismo), la vida útil de un ministro no va más allá de los dos años. A mí me nombró un ministro; en realidad, me nombró el presidente de Cinemateca, Costa Gavras, aunque con el aval e indicación de aquel ministro.

El que vino a continuación sostuvo mi gestión. Y eso, tal vez, porque sabía que a él le iba a tocar inaugurar la Cinemateca. Un ministro apoya tal o cual plan si considera que le reportará réditos políticos.

P.: Después de haber sido durante 25 años puntero de Cahiers du Cinema, ¿cómo es actualmente su relación con la crítica? ¿Continúa creyendo en el poder de la crítica?

S.T.: No. Mi relación actual con el cine es mucho más rica que la que tenía cuando era crítico. Para ser crítico es preciso ser joven, despreocupado, radical. Al menos, esa es mi visión hoy. No reniego de la crítica, pero hoy a mí no me interesaría, por ejemplo, destruir una película. Sencillamente, ignoro al mal cine. Además, la regla hoy es hacer películas malas; las buenas son sólo una excepción.

Entrevista de Marcelo Zapata

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