No corresponde contar nada más. Uno de sus encantos reside precisamente en la manera con que se van alternando, o encastrando, los diferentes personajes de la historia, tanto los principales como los circunstanciales, pero inolvidables (por ejemplo, un niño obligado a estudiar música) cada uno con sus ambiciones, sus manías, y sus agachadas, desde la dominante matrona que, en vez de centralizar, más bien centrifuga a quienes la rodean, en adelante, y ni hablar del pintoresco y silencioso marabú que la mujer tiene como mascota, hasta que todo termina en un anárquico, feliz, y apacible canto de libertad.
Quienes diez años atrás, en una única sala, vieron aquella historia de una tribu digna de un chiste de
Y aún menos, los afortunados cineclubistas que en funciones especiales pudieron ver, aunque sea en videos sin traducciones,
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