Un día después de su
estreno mundial, ayer en
el Festival de Cannes, se
estrena hoy en la
Argentina «El código Da
Vinci». Ofrecemos al
lector el comentario de
un film que suaviza las
aristas más polémicas
del best seller mundial
en el que se basa, y un
análisis de posibles
causas del rechazo que
provocó ese libro -y
ahora su versión
hollywoodense-, entre
creyentes católicos.
Tom Hanks y Audrey Tautou son los criptólogos que corren de un sitio a otro y hacen deducciones notables
en la versión Hollywood de un éxito de librerías que el cine no podía ignorar.
«El código Da Vinci» (The Da Vinci Code, EE.UU., 2006, habl. en inglés, francés y latín). Dir.: R. Howard. Guión: A. Goldsman, sobre novela de D. Brown. Int.: T. Hawks, A. Tautou, I. McKellen, A. Molina, J. Reno, P. Bettany, J.P. Marielle, J. Prochnow.
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No deben protestar tanto los creyentes. En esta versión medianamente pasteurizada de la novela de Dan Brown queda bastante claro que el Consejo de las Sombras actúa a espaldas del Vaticano y del Opus Dei, y quedan bastante oscuras casi todas las explicaciones históricas del libro, con su mezcla increíble de datos ciertos e inciertos en los que tantos lectores gozosamente creen, datos que han alimentado el escándalo y consecuentemente las ventas, tanto del libro como de la película que ahora vemos.
Para quien todavía no sepa de qué se trata, baste decir que es una historia de suspenso y esoterismos donde una pareja de criptólogos se ven mezclados en varios asesinatos de origen religioso, hasta descubrir un supuesto secreto que cambiaría la historia del cristianismo. No corresponde agregar más, aunque quizá convenga decir que éstos son unos criptólogos hollywoodenses estilo «Una mente brillante» pero además capaces de correr toda la noche por medio Paris y un cuarto de Francia sin pararse a tomar siquiera dos tazas de té. Encima quien se las ofrece no se las da, pero en cambio les acerca la posibilidad de recibir unos cuantos bollos.
Después, cuando uno ya está medio cansado de seguirlos de un lugar turístico a otro mientras hacen deducciones notables e informaciones rapidísimas, una tras otra, viene la piedra del escándalo, que a esta altura ya no escandaliza demasiado, porque la idea de un Cristo Hombre hoy está bastante más generalizada de lo que se piensa.
Eso es todo, un poco cansador en la segunda parte pero entretenido, con variados recursos (por ejemplo, unos flashbacks sin palabras), licencias argumentales (¿hay un solo hombre de seguridad en todo el Louvre?, ¿la sucesora de Cristo nunca recibió formación religiosa?, etc.), más acertijos que en una de Batman (alguien ya definió esta obra como «Harry Potter para adultos»), lindos lugares, y personajes atractivos, en especial los de Ian McKellen, a cargo del lado artísticoconspirativo, el buen humor, y la mala entraña, Paul Bettany, con un final de grandeza (lástima que loco peligroso), Jean Reno, y Alfred Molina.
Quien ya conozca el libro, conocerá también las reglas del cine. Lo que no está suavizado (hay que considerar el mercado cristiano) está resumido (hay un solo criptex), apretado, se pasa muy rápido, o simplemente no está. Entre otras cosas, desaparecieron totalmente Plannard y Mitterrand, y no hay un solo juego de palabras con los nombres de Sophie Neveu, Aringarosa o Bézu Fache, de los que en el libro resultan unas combinaciones teologales dignas del San Peperino Pomoro televisivo.
Cabe esperar ahora, con la paciencia que cada uno elija tener, una próxima versión del otro libro de Dan Brown con el mismo personaje protagónico, «Angeles y demonios», una secuela, una precuela, y algún juego de criptexs, que por lo que se ve en la película dan más trabajo que la novela.
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