Si uno se desentiende de las acusaciones castristas (gusano, vocero de Miami) y de las imputaciones de Matos contra el dictador sanguinario que rodean a esta lectura, tarea bastante díficil, lo que queda como esencia es la épica del autor en guerrilla y su entierro en la cárcel. Esas dos partes interesan por el testimonio. Una, debido a la precariedad de recursos de Castro y sus hombres, las reglas de conducta interna, la aparición de personajes que luego fueron famosos (el Che, Cienfuegos, los dos Castro, hasta un ex embajador en Buenos Aires, Emilio Aragonés), el rol de la insurgencia urbana, lo que ellos llaman batallas y, fundamentalmente, lo azaroso y meteórico del crecimiento de Matos, ladero fiel de Castro, e inicial alto funcionario de la revolución. Transcurre el relato como si Matos hubiera pasado en puntas de pie por este proceso, heroico y angelical. En verdad, se concluye en que ni él se dio cuenta del rol que tuvo en determinado momento.
Lo mismo le ocurre en la segunda parte del texto, cuando alude a su prisión, al juicio previo, a los 20 años en horribles celdas, a las huelgas de hambre, a la conciencia disidente que se despierta con intensidad a partir de estar encerrado.
En ese sentido, parece gratuita la sentencia y pena contra alguien que, según él, sólo presentaba su renuncia y alguna crítica. No debe ser el punto de vista de Castro, claro. Lo cierto es que Matos describe, una vez ya conocida la película completa, que él advirtió lo que luego sobrevendría en la isla: el comunismo más obediente a los intereses de Moscú. Fue halagado y demonizado por Castro -lo imaginó como su sucesor si lo volteaban-, hoy es apenas un abuelo en el exilio dorado.
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