«Underworld», integrado por Karl Hyde y Rick Smith, estrellas
de «Creamfields»: son los creadores de la banda de
sonido de la película «Trainspotting».
Con la misma convocatoria que el año pasado, 60 mil personas, trascurrió la sexta edición de Creamfields que se extendió desde las 15 del sábado hasta las 6 del domingo en Puerto Madero. Cuando comenzó la desconcentración de bailarines extasiados y el éxodo por Libertador hacia otros boliches o fiestas privadas, los corredores de la maratón Nike se preparaban para salir desde el punto de partida, en Libertador y Kennedy. Unos inauguraban una jornada saludable al ritmo del aeróbico trote, con un récord de 20 mil maratonistas vestidos de amarillo, y los otros, cerraban una noche desenfrenada. Algunos se cruzaron en el camino, otros quedaron tumbados.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La fiesta electrónica creada en Liverpool hace ocho años y cuyo nombre, «campos de crema», surge de alternar largas horas de salto extasiado con descansos en el pasto, tuvo varias «anti-creamfields». Una transcurrió la noche del sábado en Sun Set, al ritmo de la cumbia villera y la presencia de modelos, actores y vedettes, entre los que se destacó Nazarena Vélez.
Otras fiestas «anticreamfields» exceden la diferenciación por el género musical y buscan diferenciarse en el concepto, se oponen a la celebración masiva y globalizada. Con la intención de buscar «estética apocalíptica», convocaron por Internet a asistir a los «campos descremados». Y en un mes llega la «Moonpark», que invita al «parque lunar» y que animan hace ya cuatro años el local Hernán Cattaneo junto con el inglés John Diweed, en Costa Salguero, el 18 de diciembre.
¿Pero qué pasó en esta sexta edición de Creamfields? A diferencia de años anteriores, no hubo sorpresa como lo habían sido David Guetta en 2005 o Erick Morillo en 2004, quien volvió a tocar esta vez en la carpa Arena 1. Lo mejor entonces estuvo en lo más esperado: Underworld, integrado por Karl Hyde y Rick Smith, creadores de la banda de sonido de la película «Trainspotting» y cuyo leitmotiv, «Born slippy», se convirtió en himno de la música electrónica y fue recibida con el delirio de quienes los escucharon por primera vez en la Argentina. A ese mismo escenario llegó a las 2 el galés Sasha que se despidió recién a las 5, luego de tocar durante la última hora en el back to back con Hernán Cattaneo.
En este escenario principal se congrega la mayor cantidad de público, con lo cual los globos metalizados en forma de Bob Esponja, Barney o delfines que sobresalen entre la multitud, no son más que diferentes recursos para que puedan ser identificados a la distancia en caso de querer encontrarse. No faltaron los clásicos carteles comunicando estados de ánimo o la orden de bailar.
Se oyeron insólitos comentarios sobre los obligados lentes oscuros que llevan la mayoría para disimular sus pupilas dilatadas. Se quejaban de que las casas de anteojos «fashion» habían estado superpobladas durante el sábado. La razón: muchos concurren ese mismo día para ponerlos a punto o para comprar nuevos.
Volvió a ponerse de manifiesto lo contradictorio de este fenómeno que fomenta la vivencia en grupo de una música que, cada vez más, se escucha en soledad, desde la computadora o reproductor de MP3. Asimismo predomina el estar cada uno en su mundo, con su «flash», con su música, en un autismo mental que no se diferencia demasiado de la vida cotidiana ruidosa y estresante de la que buscan evadirse.
Esto último se ve claramente en el «ciber» de «Creamfields», donde cientos de asistentes congestionan el lugar para hacer justamente aquello de lo que dicen estar saturados: 8 horas diarias frente a la computadora. Claro que en «Creamfields» sólo chequean mails y chatean vía messenger, necesitados de mayor virtualidad y menos proxémica. Luego huyen a las pantallas de plasma para mirar sin ser mirados, o a las pantallas de celular para mirar si hay o no mensajes de texto.
Lo que caracteriza a este megafestival de 9 espacios simultáneos entre carpas y escenarios es una permanente sensación de estar perdiéndose algo. La gente va, viene, busca, corre, sin saber bien adónde. O quizá vaya en busca de cierto artista pero al llegar y transcurrir algunos minutos, recuerda que a la misma hora, pero en otro lugar, ocurría algo, quizá mejor. Ya existen en Europa las «fiestas silenciosas» donde cada uno baila con su reproductor de MP3, su set, su música, lo que en estas fiestas es sinónimo de «cada uno con su locura y su viaje».
Al ser una música que avanzaen dos años lo que que el rock puede lograr en 20, puede adquirir carácter de descartable, aunque no tanto como las miles de botellitas plásticas de agua mineral que sirven para calmar la sed de los extasiados. Las vivencias difieren según el plan en que se asiste: no faltan los curiosos de cada año que se acercan a ver de qué se trata, pasean por los puestos, descansan en el pasto o espacios «cool», echan un vistazo a los carteles que indican el line up (cronograma) de cada carpa y se retiran sin más.
Muchos viven la fiesta en esa suerte de comunidad de amor y felicidad, abrazados de a ratos y a los saltos. Están aquellos que van en grupo desde temprano y comienzan con el ritual bailarín a base de energizantes en pastilla o lata y siguen deambulando por carpas y escenarios, al ritmo de la música furiosa hasta el cierre, a la 6. Según la energía que quede en sus cerebros y piernas, continúan con el baile en algún «after» (boliches que abren a las 6) y saludan más tarde a los saludables maratonistas de amarillo del domingo, si es que salen del boliche antes del mediodía.
Dejá tu comentario