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11 de junio 2008 - 00:00

Cursilerías con grandilocuencia

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Susanna Tamaro «Luisito. Una historia de amor» (Bs. As., Seix Barral, 2008, 102 págs.)

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Anochece en Roma. Anselma, una maestra viuda y jubilada, distanciada de unos hijos que se turnan para llamarla y que sólo pretenden enviarla a un geriátrico, encuentra en un tacho de basura a un papagayo, que vendrá a dar color a su vida gris. Susanna Tamaro sostiene que partió de allí para «escribir una pequeña fábula antimoderna sobre el amor y la poesía», mostrar cómo se «mortifica a los viejos y se los condena a la soledad» y que, en ese sentido, la vieja Anselma «es el sismógrafo de la decadencia y la corrupción de nuestra sociedad».

Un exceso de grandilocuencia para un relato modesto, donde la escritora italiana recae en las cursilerías, convencionalismos y sensiblerías que son, desde «Ve donde el corazón te lleve» (novela que la hizo best seller internacional, y fuera llevada al cine), su principal atributo. Como en aquella obra, aquí tambien su protagonista es una anciana que al abrir su corazón a alguien (a una nieta que está en Estados Unidos en la primera, a un loro encontrado por azar en ésta) se reconcilia con la vida. Tamaro no se priva en su tradicional práctica sentenciosa de hacer apología de «la tan olvidada poesía en este mundo antipoético» o enojarse con Dios por todo lo que sucede en nuestro mundo. Claro, lo hace sin ampulosidades, con una calculada y efectiva humildad. Con la simpleza de su estilo logró cosechar una inexplicable cantidad de prestigiosos premios, suceso que en ese mismo sentido estilístico comparte con Paulo Coelho.

El tema de la relación de una mujer con un loro remite a un emblema de la alta literatura, la nouvelle «Un corazón simple» de Gustave Flaubert. Algunos comentaristas desatinadamente han sostenido que «Luisito» de Susanna Tamaro es una reescritura de aquella obra. Las diferencias son inmensas. El francés en su relato cuenta de una sirvienta de suprema ignorancia ( buscada contraparte del erudito Flaubert), una mujer con la inocencia de la Felicidad que lleva por nombre, a que sufre con las sucesivas pérdidas de la gente que la rodea, y sólo puede establecer una relación intensa con un papagayo al que llama Loulou. Una amplia galería de ensayos han buscado señalar las resonancia de esa historia: una metáfora de la felicidad como algo inesperado, un sarcasmo sobre cómo algo insignificante puede llenar la vida, la patética reconversión del afecto a los animales cuando no se lo halla entre los humanos, un franciscano encuentro con el Espíritu Santo sin intención sentimental, satírica ni blasfema. El debate sobre el sentido de «Un corazón simple» prosigue como ocurre con todos los textos clásicos, esos que no dejan de provocar ecos en nuestra vida. Y que impulsa a imitaciones, plagios, reescrituras, juegos vanguardistas, y ha provocado una novela absolutamente deslumbrante y consagratoria: «El loro de Flaubert» de Julian Barnes, donde el gran escritor inglés puso mucho de lo que se pueda decir al respecto de la nouvelle Flaubert y, gracias a su doctor Braithewaite, bastante más.

M.S.

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